video de Dawkins parte 1

domingo, 28 de septiembre de 2008

Razones...

Buenas y malas razones para creer

Por: Richard Dawkins

Querida Juliet:

Ahora que has cumplido 10 años, quiero escribirte acerca de una cosa que para mi es muy importante. ¿Alguna vez te has preguntado cómo sabemos las cosas que sabemos? ¿Cómo sabemos, por ejemplo, que las estrellas que parecen pequeños alfilerazos en el cielo, son en realidad gigantescas bolas de fuego como el Sol, pero que están muy lejanas? ¿Y cómo sabemos que la Tierra es una bola más pequeña, que gira alrededor de esas estrellas, el Sol?
La respuesta a esas preguntas es "por la evidencia". A veces, "evidencia" significa literalmente ver (u oír, palpar, oler) que una cosa es cierta. Los astronautas se han alejado de la Tierra lo suficiente como para ver con sus propios ojos que es redonda. Otras veces, nuestros ojos necesitan ayuda. El "lucero del alba" parece un brillante centelleo en el cielo, pero con un telescopio podemos ver que se trata de una hermosa esfera: el planeta que llamamos Venus. Lo que aprendemos viéndolo directamente (u oyéndolo, palpándolo, etc.) se llama "observación".
Muchas veces, la evidencia no sólo es pura observación, pero siempre se basa en la observación. Cuando se ha cometido un asesinato, es corriente que nadie lo haya observado (excepto el asesino y la persona asesinada). Pero los investigadores pueden reunir otras muchas observaciones, que en un conjunto señalen a un sospechoso concreto. Si las huellas dactilares de una persona coinciden con las encontradas en el puñal, eso demuestra que dicha persona lo tocó. No demuestra que cometiera el asesinato, pero además pueda ayudar a demostrarlo si existen otras muchas evidencias que apunten a la misma persona. A veces, un detective se pone a pensar en un montón de observaciones y d repente se da cuenta que todas encajan en su sitio y cobran sentido si suponemos que fue Fulano el que cometió el asesinato.
Los científicos -especialistas en descubrir lo que es cierto en el mundo y el Universo- trabajan muchas veces como detectives. Hacen una suposición (ellos la llaman hipótesis) de lo que podría ser cierto. Y a continuación se dicen: si esto fuera verdaderamente así, deberíamos observar tal y cual cosa. A esto se llama predicción. Por ejemplo si el mundo fuera verdaderamente redondo, podríamos predecir que un viajero que avance siempre en la misma dirección acabará por llegar a mismo punto del que partió. Cuando el médico dice que tienes sarampión, no es que te haya mirado y haya visto el sarampión. Su primera mirada le proporciona una hipótesis: podrías tener sarampión. Entonces, va y se dice: "Si de verdad tiene el sarampión, debería ver...." y empieza a repasar toda su lista de predicciones, comprobándolas con los ojos (¿tienes manchas?), con las manos (¿tienes caliente la frente?) y con los oídos (¿te suena el pecho como suena cuando se tiene el sarampión?). Sólo entonces se decide a declarar "Diagnóstico que la niña tiene sarampión". A veces, los médicos necesitan realizar otras pruebas, como análisis de sangre o rayos x, para complementar las observaciones hechas con sus ojos, manos y oídos.
La manera en que los científicos utilizan la evidencia para aprender cosas del mundo es tan ingeniosa y complicada que no te la puedo explicar en una carta tan breve. Pero dejemos por ahora la evidencia, que es una buena razón para creer algo, porque quiero advertirte e contra de tres malas razones para creer cualquier cosa: se llaman "tradición", "autoridad" y "revelación".
Empecemos por la tradición. Hace unos meses estuve en televisión, charlando con unos 50 niños. Estos niños invitados habían sido educados en diferentes religiones: había cristianos, judíos, musulmanes, hindúes, sijs...El presentador iba con el micrófono de niño en niño, preguntándoles lo que creían. Lo que los niños decían demuestra exactamente lo que yo entiendo por "tradición". Sus creencias no tenían nada que ver con la evidencia. Se limitaban a repetir las creencias de sus padres y de sus abuelos, que tampoco estaban basadas en ninguna evidencia. Decían cosas como "los hindúes creemos tal y cual cosa", "los musulmanes creemos esto y lo otro", "los cristianos creemos otra cosa diferente".
Como es lógico, dado que cada uno creía cosas diferentes, era imposible que todos tuvieran razón. Por lo visto, al hombre del micrófono esto le parecía muy bien, y ni siquiera los animó a discutir sus diferencias. Pero no es esto lo que me interesa de momento. Lo que quiero es preguntar de dónde habían salido sus creencias. Habían salido de la tradición. La tradición es la trasmisión de creencias de los abuelos a los padres, de los padres a los hijos, y así sucesivamente. O mediante libros que se siguen leyendo durante siglos. Muchas veces, las creencias tradicionales se originan casi de la nada: es posible que alguien las inventara en algún momento, como tuvo que ocurrir con las ideas de Thor y Zeus; pero cuando se han transmitido durante unos cuantos siglos, el hecho mismo de que sean muy antiguas las convierte en especiales. La gente cree ciertas cosas sólo porque mucha gente ha creído lo mismo durante siglos. Eso es la tradición.
El problema con la tradición es que, por muy antigua que sea una historia, es igual de cierta o de falsa que cuando se inventó la idea original. Si te inventas una historia que no es verdad, no se hará más verdadera porque se trasmita durante siglos, por muchos siglos que sean.
En Inglaterra, gran parte de la población ha sido bautizada en la Iglesia Anglicana, que no es más que una de las muchas ramas de la religión cristiana. Existen otras ramas, como la ortodoxa rusa, la católica romana y la metodista. Cada una cree cosas diferentes. La religión judía y la musulmana son un poco más diferentes, y también existen varias clases distintas de judíos y de musulmanes. La gente que cree una cosa está dispuesta a hacer la guerra contra los que creen cosas ligeramente distintas, de manera que se podrá pensar que tienen muy buenas razones -evidencias- para creer lo que creen. Pero lo cierto es que sus diferentes creencias se deben únicamente a diferentes tradiciones.
Vamos a hablar de una tradición concreta. Los católicos creen que María, la madre de Jesús, era tan especial que no murió, sino que fue elevada al cielo con su cuerpo físico. Otras tradiciones cristianas discrepan, diciendo que María murió como cualquier otra persona. Estas otras religiones no hablan mucho de María, ni la llaman "Reina del cielo", como hacen los católicos. La tradición que afirma que el cuerpo de María fue elevado al cielo no es muy antigua. La Biblia no dice nada de cómo o cuándo murió; de hecho, a la pobre mujer apenas se la menciona en la Biblia. Lo de que su cuerpo fue elevado a los cielos no se inventó hasta unos seis siglos después de Cristo. Al principio, no era más que un cuento inventado, como Blancanieves o cualquier otro. Pero con el paso de los siglos se fue convirtiendo en una tradición y la gente empezó a tomársela en serio, sólo porque la historia se había ido transmitiendo a lo largo de muchas generaciones. Cuanto más antigua es una tradición, más en serió se la toma la gente. Y por fin, en tiempos muy recientes, se declaró que era una creencia oficial de la Iglesia Católica: esto ocurrió en 1950, cuando yo tenía la edad que tienes tú ahora. Pero la historia no era más verídica en 1950 que cuando se inventó por primera vez, seiscientos años después de la muerte de María.
Al final de esta carta volveré a hablar de la tradición, para considerarla de una manera diferente. Pero antes tengo que hablarte de la otras dos malas razones para creer una cosa: la autoridad y la revelación.
La autoridad, como razón para creer algo, significa que hay que creer en ello porque alguien importante te dice que lo creas. En la Iglesia Católica, por ejemplo, la persona más importante es el Papa, y la gente cree que tiene que tener razón sólo porque es el Papa. En una de las ramas de la religión musulmana, las personas más importantes son unos ancianos barbudos llamados ayatolás. En nuestro país hay muchos musulmanes dispuestos a cometer asesinatos sólo porque los ayatolás de un país lejano les dicen que lo hagan.
Cuando te decía que en 1950 se dijo por fin a los católicos que tenían que creer en la asunción a los cielos del cuerpo de María, lo que quería decir es que en 1950 el Papa les dijo que tenían que creer en ello. Con eso bastaba. ¡El Papa decía que era verdad, luego tenía que ser verdad! Ahora bien, lo más probable es que, de todo lo que dijo el Papa a lo largo de su vida, algunas cosas fueron ciertas y otras no fueron ciertas. No existe ninguna razón válida para creer que todo lo que diga sólo porque es el Papa, del mismo modo que no tienes porque creer todo lo que te diga cualquier otra persona. El Papa actual ha ordenado a sus seguidores que no limiten el número de sus hijos. Si la gente sigue su autoridad tan ciegamente como a él le gustaría, el resultado sería terrible: hambre, enfermedades y guerras provocadas por la sobrepoblación.
Por supuesto, también en la ciencia ocurre a veces que no hemos visto personalmente la evidencia, y tenemos que aceptar la palabra de alguien. Por ejemplo, yo no he visto con mis propios ojos ninguna prueba de que la luz avance a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, sin embargo, creo en los libros que me dicen la velocidad de la luz. Esto podría parecer "autoridad" pero en realidad es mucho mejor que la autoridad, porque la gente que escribió esos libros sí que había observado la evidencia, y cualquiera puede comprobar dicha evidencia siempre que lo desee. Esto resulta muy reconfortante. Pero ni siquiera los sacerdotes se atreven a decir que exista alguna evidencia de su historia acerca de la subida a los cielos del cuerpo de María.
La tercera mala razón para creer en las cosas se llama "revelación". Si en 1950 le hubieras podido preguntar al Papa cómo sabía que el cuerpo de María había ascendido al cielo, lo más probable es que te hubiera respondido que "se le había revelado". Lo que hizo fue encerrarse en su habitación y rezar pidiendo orientación. Había pensado y pensado, siempre solo, y cada vez se sentía más convencido. Cuando las personas religiosas tienen la sensación interior de que una cosa es cierta, aunque no exista ninguna evidencia de que sea así, llaman a esa sensación "revelación". No sólo los Papas aseguran tener revelaciones. Las tienen montones de personas de todas las religiones, y es una de las principales razones por las que creen las cosas que creen. Pero ¿es una buena razón?
Supón que te digo que tu perro ha muerto. Te pondrías muy triste y probablemente me preguntarías: "¿Estás seguro? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo ha sucedido?" y supón que yo te respondo: "En realidad no sé que Pepe ha muerto. No tengo ninguna evidencia. Pero siento en mi interior la curiosa sensación de que ha muerto". Te enfadarías conmigo por haberte asustado, porque sabes que una "sensación" interior no es razón suficiente para creer que un lebrel ha muerto. Hacen falta pruebas. Todos tenemos sensaciones interiores de vez en cuando, y a veces resulta que son acertadas y otras veces no lo son. Está claro que dos personas distintas pueden tener sensaciones contrarias, de modo que ¿cómo vamos a decidir cuál de las dos acierta? La única manera de asegurarse que un perro está muerto es verlo muerto, oír que su corazón se ha parado, o que nos lo cuente alguien que haya visto u oído alguna evidencia real de que ha muerto.
A veces, la gente dice que hay que creer en las sensaciones internas, porque si no, nunca podrás confiar en cosas como "mi mujer me ama". Pero éste es un mal argumento. Puedes encontrar abundantes pruebas de que alguien te ama. Si estás con alguien que te quiere, durante todo el día estarás viendo y oyendo pequeños fragmentos de evidencia, que se van sumando. No se trata de una pura sensación interior, como la que los sacerdotes llaman revelación. Hay datos exteriores que confirman la sensación interior: miradas en los ojos, entonaciones cariñosas en la voz, pequeños favores y amabilidades; todo eso es autentica evidencia.
A veces, una persona siente una fuerte sensación interior de que alguien la ama sin basarse en ninguna evidencia, y en estos casos lo más probable es que esté completamente equivocada. Existen personas con una firme convicción interior de que una famosa estrella de cine las ama, aunque en realidad la estrellan siquiera las conoce. Esta clase de personas tienen la mente enferma. Las sensaciones interiores tienen que estar respaldadas por evidencias; si no, no podemos fiarnos de ellas.
Las intuiciones resultan muy útiles en la ciencia, pero sólo para darte ideas que luego hay que poner a prueba buscando evidencias. Un científico puede tener una "corazonada" acerca de una idea que, de momento, sólo "le parece" acertada. En sí misma, ésta no es una buena razón para creer nada; pero sí que puede razón suficiente para dedicar algún tiempo a realizar un experimento concreto o buscar pruebas de una manera concreta. Los científicos utilizan constantemente sus sensaciones interiores para sacar ideas; pero estas ideas no valen nada si no se apoyan con evidencias.
Te prometí que volveríamos a lo de la tradición, para considerarla de una manera distinta. Me gustaría intentar explicar por qué la tradición es importante para nosotros. Todos los animales están construidos (por el proceso que llamamos evolución) para sobrevivir en el lugar donde su especie vive habitualmente. Los leones están equipados para sobrevivir en las llanuras de África. Los cangrejos de río están construidos para sobrevivir en agua salada. También las personas somos animales, y estamos construidos para sobrevivir en un mundo lleno de... otras personas. La mayoría de nosotros no tienen que cazar su propia comida, como los leones y los bogavantes; se las compramos a otras personas, que a su vez se la compraron a otras. Nadamos en un "mar de gente". Lo mismo que el pez necesita branquias para sobrevivir en el agua, la gente necesita cerebros para poder tratar con otra gente. El mar de está lleno de agua salada, pero el mar de gente está lleno de cosas difíciles de aprender. Como el idioma.
Tú hablas inglés, pero tu amiga Ann-Kathrin habla alemán. Cada una de vosotras habla el idioma que le permite hablar en su "mar de gente". El idioma se transmite por tradición. No existe otra manera. En Inglaterra, tu perro Pepe es a dog. En Alemania, es ein Hund. Ninguna de estas palabras es más correcta o más verdadera que la otra. Las dos se transmiten de manera muy simple. Para poder nadar bien en su propio "mar de gente", los niños tienen que aprender el idioma de su país y otras muchas cosas acerca de su pueblo; y esto significa que tienen que absorber, como si fuera papel secante, una enorme cantidad de información tradicional (Recuerda que "información tradicional" significa, simplemente, cosas que se transmiten de abuelos a padres y de padres a hijos.) El cerebro del niño tiene que absorber toda esta información tradicional, y no se puede esperar que el niño seleccione la información buena y útil, como las palabras del idioma, descartando la información falsa o estúpida, como creer en brujas, en diablos y en vírgenes inmortales.
Es una pena, pero no se puede evitar que las cosas sean así. Como los niños tienen que absorber tanta información tradicional, es probable que tiendan a creer todo lo que los adultos les dicen, sea cierto o falso, tengan razón o no. Muchas cosas que los adultos les dicen son ciertas y se basan en evidencias, o, por lo menos en el sentido común. Pero si les dicen algo que sea falso, estúpido o incluso maligno, ¿cómo pueden evitar que el niño se lo crea también? ¿Y que harán esos niños cuando lleguen a adultos? Pues seguro que contárselo a los niños de la siguiente generación. Y así, en cuanto la gente ha empezado a creerse una cosa -aunque sea completamente falsa y nunca existan razones para creérsela-, se puede seguir creyendo para siempre.
¿Podría ser esto lo que ha ocurrido con las religiones? Creer en uno o varios dioses, en el cielo, en la inmortalidad de María, en que Jesús no tuvo un padre humano, en que las oraciones son atendidas, en que el vino se transforma en sangre..., ninguna de estas creencias está respaldada por pruebas auténticas. Sin embargo, millones de personas las creen, posiblemente porque se les dijo que las creyeran cuando todavía eran suficientemente pequeñas como para creerse cualquier cosa.
Otros millones de personas creen en cosas diferentes, porque se les dijo que creyesen en ellas cuando eran niños. A los niños musulmanes se les dice cosas diferentes de las que se les dicen a los niños cristianos, y ambos grupos crecen absolutamente convencidos de que ellos tienen razón y los otros se equivocan. Incluso entre los cristianos, los católicos creen cosas diferentes de las que creen los anglicanos, los episcopalianos, los shakers, los cuáqueros, los mormones o los holly rollers, y todos están absolutamente convencidos de que ellos tienen razón y los otros están equivocados. Creen cosas diferentes exactamente por las mismas razones por las que tú hablas inglés y tu amiga Ann-Kathrin habla alemán. Cada una de los dos idiomas es el idioma correcto en su país. Pero de las religiones no se puede decir que cada una de ellas sea la correcta en su propio país, porque cada religión afirma cosas diferentes y contradice a las demás. María no puede estar viva en la católica Irlanda del Sur y muerta en la protestante Irlanda del Norte.
¿Qué se puede hacer con todo esto? A ti no te va a resultar fácil hacer nada, porque sólo tienes 10 años. Pero podrías probar una cosa: la próxima vez que alguien te diga algo que parezca importante piensa para tus adentros: "¿Es ésta una de esas cosas que la gente suele creer basándose en evidencias? ¿O es una de esas cosas que la gente cree por la tradición, autoridad o revelación?" Y la próxima vez que alguien te diga que una cosa es verdad, prueba a preguntarle "¿Qué pruebas existen de ello?" Y si no pueden darte una respuesta, espero que te lo pienses muy bien antes de creer una sola palabra de lo que te digan.
Te quiere,
Papá.

________________________________________
Richard Dawkins es biólogo evolutivo, nació en Nairobi, Kenya, en 1941 y se educó en la Universidad de Oxford. Comenzó su carrera como investigador en los 60, estudiando bajo la dirección del etólogo Nico Tinbergen, ganador del premio Nóbel, y desde entonces su trabajo ha girado en torno a la evolución del comportamiento. Ha obtenido las cátedras Gifford de la Universidad de Glasgow y Sidwich del Newham College de Cambridge. Además ha sido profesor de zoología de las universidades de Oxford y California, ha presentado programas de la BBC y dirigido varias publicaciones científicas. En 1995 se convirtió en el primer titular de la recién creada cátedra Charles Simony de Divulgación Científica en la Universidad de Oxford. Autor de obras muy leídas como El gen egoísta (1976 & 1989). El fenotipo extendido (1982), El relojero ciego (1986), River Out of Eden (1995), Escalando el monte improbable, Destejiendo el arco iris (2000) y La máquina de memes (2000

sábado, 13 de septiembre de 2008

Texto de Mario Bunge; La ciencia y su Método

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

1

LA CIENCIA

Su método y su filosofía

MARIO BUNGE

1. Introducción

Mientras los animales inferiores sólo están en el mundo, el hombre trata de entenderlo; y

sobre la base de su inteligencia imperfecta pero perfectible, del mundo, el hombre intenta

enseñorarse de él para hacerlo más confortable. En este proceso, construye un mundo

artificial: ese creciente cuerpo de ideas llamado “ciencia”, que puede caracterizarse como

conocimiento racional, sistemático, exacto, verificable y por consiguiente falible. Por

medio de la investigación científica, el hombre ha alcanzado una reconstrucción

conceptual del mundo que es cada vez más amplia, profunda y exacta.

Un mundo le es dado al hombre; su gloria no es soportar o despreciar este mundo, sino

enriquecerlo construyendo otros universos. Amasa y remoldea la naturaleza sometiéndola

a sus propias necesidades animales y espirituales, así como a sus sueños: crea así el

mundo de los artefactos y el mundo de la cultura. La ciencia como actividad —como

investigación— pertenece a la vida social; en cuanto se la aplica al mejoramiento de

nuestro medio natural y artificial, a la invención y manufactura de bienes materiales y

culturales, la ciencia se convierte en tecnología. Sin embargo, la ciencia se nos aparece

como la más deslumbrante y asombrosa de las estrellas de la cultura cuando la

consideramos como un bien en sí mismo, esto es como una actividad productora de

nuevas ideas (investigación científica). Tratemos de caracterizar el conocimiento y la

investigación científicos tal como se los conoce en la actualidad.

2. Ciencia formal y ciencia fáctica

No toda la investigación científica procura el conocimiento objetivo. Así, la lógica y la

matemática —esto es, los diversos sistemas de lógica formal y los diferentes capítulos de

la matemática pura— son racionales, sistemáticos y verificables, pero no son objetivos; no

nos dan informaciones acerca de la realidad: simplemente, no se ocupan de los hechos.

La lógica y la matemática tratan de entes ideales; estos entes, tanto los abstractos como

los interpretados, sólo existen en la mente humana. A los lógicos y matemáticos no se les

da objetos de estudio: ellos construyen sus propios objetos. Es verdad que a menudo lo

hacen por abstracción de objetos reales (naturales y sociales); más aún, el trabajo del

lógico o del matemático satisface a menudo las necesidades del naturalista, del sociólogo

o del tecnólogo, y es por esto que la sociedad los tolera y, ahora, hasta los estimula. Pero

la materia prima que emplean los lógicos y los matemáticos no es fáctica sino ideal.

Por ejemplo, el concepto de número abstracto nació, sin duda, de la coordinación

(correspondencia biunívoca) de conjuntos de objetos materiales, tales como dedos, por

una parte, y guijarros, por la otra; pero no por esto aquel concepto se reduce a esta

operación manual, ni a los signos que se emplean para representarlo. Los números no

existen fuera de nuestros cerebros, y aún allí dentro existen al nivel conceptual, y no al

nivel fisiológico. Los objetos materiales son numerables siempre que sean discontinuos;

pero no son números; tampoco son números puros (abstractos) sus cualidades o

relaciones. En el mundo real encontramos 3 libros, en el mundo de la ficción construimos

3 platos voladores. ¿Pero quién vio jamás un 3, un simple 3?

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

2

La lógica y la matemática, por ocuparse de inventar entes formales y de establecer

relaciones entre ellos, se llaman a menudo ciencias formales, precisamente porque sus

objetos no son cosas ni procesos, sino, para emplear el lenguaje pictórico, formas en las

que se puede verter un surtido ilimitado de contenidos, tanto fácticos como empíricos.

Esto es, podemos establecer correspondencias entre esas formas (u objetos formales),

por una parte, y cosas y procesos pertenecientes a cualquier nivel de la realidad por la

otra. Así es como la física, la química, la fisiología, la psicología, la economía, y las demás

ciencias recurren a la matemática, empleándola como herramienta para realizar la más

precisa reconstrucción de las complejas relaciones que se encuentran entre los hechos y

entre los diversos aspectos de los hechos; dichas ciencias no identifican las formas

ideales con los objetos concretos, sino que interpretan las primeras en términos de

hechos y de experiencias (o, lo que es equivalente, formalizan enunciados fácticos).

Lo mismo vale para la lógica formal: algunas de sus partes —en particular, pero no

exclusivamente, la lógica proposicional bivalente— pueden hacerse corresponder a

aquellas entidades psíquicas que llamamos pensamientos. Semejante aplicación de las

ciencias de la forma pura a la inteligencia del mundo de los hechos, se efectúa asignando

diferentes interpretaciones a los objetos formales. Estas interpretaciones son, dentro de

ciertos límites, arbitrarias; vale decir, se justifican por el éxito, la conveniencia o la

ignorancia. En otras palabras el significado fáctico o empírico que se les asigna a los

objetos formales no es una propiedad intrínseca de los mismos. De esta manera, las

ciencias formales jamás entran en conflicto con la realidad. Esto explica la paradoja de

que, siendo formales, se “aplican” a la realidad: en rigor no se aplican, sino que se

emplean en la vida cotidiana y en las ciencias fácticas a condición de que se les

superpongan reglas de correspondencia adecuada. En suma, la lógica y la matemática

establecen contacto con la realidad a través del puente del lenguaje, tanto el ordinario

como el científico.

Tenemos así una primera gran división de las ciencias, en formales (o ideales) y fácticas

(o materiales). Esta ramificación preliminar tiene en cuenta el objeto o tema de las

respectivas disciplinas; también da cuenta de la diferencia de especie entre los

enunciados que se proponen establecer las ciencias formales y las fácticas: mientras los

enunciados formales consisten en relaciones entre signos, los enunciados de las ciencias

fácticas se refieren, en su mayoría, a entes extracientíficos: a sucesos y procesos.

Nuestra división también tiene en cuenta el método por el cual se ponen a prueba los

enunciados verificables: mientras las ciencias formales se contentan con la lógica para

demostrar rigurosamente sus teoremas (los que, sin embargo, pudieron haber sido

adivinados por inducción común o de otras maneras), las ciencias fácticas necesitan más

que la lógica formal: para confirmar sus conjeturas necesitan de la observación y/o

experimento. En otras palabras, las ciencias fácticas tienen que mirar las cosas, y,

siempre que les sea posible, deben procurar cambiarlas deliberadamente para intentar

descubrir en qué medida sus hipótesis se adecuan a los hechos.

Cuando se demuestra un teorema lógico o matemático no se recurre a la experiencia: el

conjunto de postulados, definiciones, reglas de formación de las expresiones dotadas de

significado, y reglas de inferencia deductiva —en suma, la base de la teoría dada—, es

necesaria y suficiente para ese propósito. La demostración de los teoremas no es sino

una deducción: es una operación confinada a la esfera teórica, aun cuando a veces los

teoremas mismos (no sus demostraciones) sean sugeridos en alguna esfera

extramatemática y aun cuando su prueba (pero no su primer descubrimiento) pueda

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

3

realizarse con ayuda de calculadoras electrónicas. Por ejemplo, cualquier demostración

rigurosa del teorema de Pitágoras prescinde de las mediciones, y emplea figuras sólo

como ayuda psicológica al proceso deductivo: que el teorema de Pitágoras haya sido el

resultado de un largo proceso de inducción conectado a operaciones prácticas de

mediciones de tierras, es objeto de la historia, la sociología y la psicología del

conocimiento.

La matemática y la lógica son, en suma, ciencias deductivas. El proceso constructivo, en

que la experiencia desempeña un gran papel de sugerencias, se limita a la formación de

los puntos de partida (axiomas). En matemática la verdad consiste, por esto, en la

coherencia del enunciado dado con un sistema de ideas admitido previamente: por esto,

la verdad matemática no es absoluta sino relativa a ese sistema, en el sentido de que una

proposición que es válida en una teoría puede dejar de ser lógicamente verdadera en otra

teoría. (Por ejemplo, en el sistema de aritmética que empleamos para contar las horas del

día, vale la proposición de 24 + 1 = 1.) Más aún las teorías matemáticas abstractas, esto

es, que contienen términos no interpretados (signos a los que no se atribuye un

significado fijo, y que por lo tanto pueden adquirir distintos significados) pueden

desarrollarse sin poner atención al problema de la verdad.

Considérese el siguiente axioma de cierta teoría abstracta (no interpretada): "Existe por lo

menos un x tal que es P". Se puede dar un número ilimitado de interpretaciones

(modelos) de este axioma, dándose a x y F otros tantos significados. Si decimos que S

designa punto, obtenemos un modelo geométrico dado: si adoptamos la convención de

que L designa número, obtenemos un cierto modelo aritmético, y así sucesivamente. En

cuanto "llenamos" la forma vacía con un contenido específico (pero todavía matemático),

obtenemos un sistema de entes lógicos que tienen el privilegio de ser verdaderos o falsos

dentro del sistema dado de proposiciones: a partir de ahí tenemos que habérnoslas con el

problema de la verdad matemática. Aún así tan sólo las conclusiones (teoremas) tendrán

que ser verdaderas: los axiomas mismos pueden elegirse a voluntad. La batalla se habrá

ganado si se respeta la coherencia lógica esto es, si no se violan las leyes del sistema de

lógica que se ha convenido en usar.

En las ciencias fácticas, la situación es enteramente diferente. En primer lugar, ellas no

emplean símbolos vacíos (variables lógicas) sino tan sólo símbolos interpretados; por

ejemplo no involucran expresiones tales como 'x es F', que no son verdaderas ni falsas.

En segundo lugar, la racionalidad —esto es, la coherencia con un sistema de ideas

aceptado previamente— es necesaria pero no suficiente para los enunciados fácticos; en

particular la sumisión a algún sistema de lógica es necesaria pero no es una garantía de

que se obtenga la verdad. Además de la racionalidad, exigimos de los enunciados de las

ciencias fácticas que sean verificables en la experiencia, sea indirectamente (en el caso

de las hipótesis generales), sea directamente (en el caso de las consecuencias singulares

de las hipótesis). Unicamente después que haya pasado las pruebas de la verificación

empírica podrá considerarse que un enunciado es adecuado a su objeto, o sea que es

verdadero, y aún así hasta nueva orden. Por eso es que el conocimiento fáctico verificable

se llama a menudo ciencia empírica.

En resumidas cuentas, la coherencia es necesaria pero no suficiente en el campo de las

ciencias de hechos: para anunciar que un enunciado es (probablemente) verdadero se

requieren datos empíricos (proposiciones acerca de observaciones o experimentos). En

última instancia, sólo la experiencia puede decirnos si una hipótesis relativa a cierto grupo

de hechos materiales es adecuada o no. El mejor fundamento de esta regla metodológica

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

4

que acabamos de enunciar es que la experiencia le ha enseñado a la humanidad que el

conocimiento de hecho no es convencional, que si se busca la comprensión y el control

de los hechos debe partirse de la experiencia. Pero la experiencia no garantizará que la

hipótesis en cuestión sea la única verdadera: sólo nos dirá que es probablemente

adecuada, sin excluir por ello la posibilidad de que un estudio ulterior pueda dar mejores

aproximaciones en la reconstrucción conceptual del trozo de realidad escogido. El

conocimiento fáctico, aunque racional, es esencialmente probable: dicho de otro modo: la

inferencia científica es una red de inferencias deductivas (demostrativas) y probables

(inconcluyentes).

Las ciencias formales demuestran o prueban: las ciencias fácticas verifican (confirman o

disconfirman) hipótesis que en su mayoría son provisionales. La demostración es

completa y final; la verificación es incompleta y por eso temporaria. La naturaleza misma

del método científico impide la confirmación final de las hipótesis fácticas. En efecto los

científicos no sólo procuran acumular elementos de prueba de sus suposiciones mutiplicando

el número de casos en que ellas se cumplen; también tratan de obtener casos

desfavorables a sus hipótesis, fundándose en el principio lógico de que una sola

conclusión que no concuerde con los hechos tiene más peso que mil confirmaciones. Por

ello, mientras las teorías formales pueden ser llevadas a un estado de perfección (o

estancamiento), los sistemas relativos a los hechos son esencialmente defectuosos:

cumplen, pues, la condición necesaria para ser perfectibles. En consecuencia si el estudio

de las ciencias formales vigorizar el hábito del rigor, el estudio de las ciencias fáctiles

puede inducirnos a considerar el mundo como inagotable, y al hombre como una empresa

inconclusa e interminable.

Las diferencias de método, tipo de enunciados, y referentes que separan las ciencias

fácticas de las formales, impiden que se las examine conjuntamente más allá de cierto

punto. Por ser una ficción seria, rigurosa y a menudo útil, pero ficción al cabo, la ciencia

formal requiere un tratamiento especial. En lo que sigue nos concentraremos en la ciencia

fáctica. Daremos un vistazo a las características peculiares de las ciencias de la

naturaleza y de la cultura en su estado actual, con la esperanza de que la ciencia futura

enriquezca sus cualidades o, al menos, de que las civilizaciones por venir hagan mejor

uso del conocimiento científico.

Los rasgos esenciales del tipo de conocimiento que alcanzan las ciencias de la naturaleza

y de la sociedad son la racionalidad y la objetividad. Por conocimiento racional se

entiende:

a- que está constituido por conceptos, juicios y raciocinios y no por sensaciones,

imágenes, pautas de conducta, etc. Sin duda, el científico percibe, forma imágenes (por

ejemplo, modelos visualizables) y hace operaciones; por tanto el punto de partida como el

punto final de su trabajo son ideas;

b- que esas ideas pueden combinarse de acuerdo con algún conjunto de reglas lógicas

con el fin de producir nuevas ideas (inferencia deductiva). Estas no son enteramente

nuevas desde un punto de vista estrictamente lógico, puesto que están implicadas por las

premisas de la deducción; pero no gnoseológicamente nuevas en la medida en que

expresan conocimientos de los que no se tenía conciencia antes de efectuarse la

deducción;

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

5

c- que esas ideas no se amontonan caóticamente o, simplemente, en forma cronológica,

sino que se organizan en sistemas de ideas esto es en conjuntos ordenados de

proposiciones (teorías).

Que el conocimiento científico de la realidad es objetivo, significa:

a- que concuerda aproximadamente con su objeto; vale decir que busca alcanzar la

verdad fáctica;

b- que verifica la adaptación de las ideas a los hechos recurriendo a un comercio peculiar

con los hechos (observación y experimento), intercambio que es controlable y hasta cierto

punto reproducible.

Ambos rasgos de la ciencia fáctica, la racionalidad y la objetividad, están íntimamente

soldados. Así, por ejemplo, lo que usualmente se verifica por medio del experimento es

alguna consecuencia —extraída por vía deductiva— de alguna hipótesis; otro ejemplo: el

cálculo no sólo sigue a la observación sino que siempre es indispensable para planearla y

registrarla. La racionalidad y objetividad del conocimiento científico pueden analizarse en

un cúmulo de características a las que pasaremos revista en lo que sigue.

3. Inventario de las principales características de la ciencia fáctica

1- El conocimiento científico es fáctico: parte de los hechos, los respuesta hasta cierto

punto, y siempre vuelve a ellos. La ciencia intenta describir los hechos tales como son,

independientemente de su valor emocional o comercial: la ciencia no poetiza los hechos

ni los vende, si bien sus hazañas son una fuente de poesía y de negocios. En todos los

campos, la ciencia comienza estableciendo los hechos; esto requiere curiosidad

impersonal, desconfianza por la opinión prevaleciente, y sensibilidad a la novedad.

Los enunciados fácticos confirmados se llaman usualmente “datos empíricos”; se obtienen

con ayuda de teorías (por esquemáticas que sean) y son a su vez la materia prima de la

elaboración teórica. Una subclase de datos empíricos es de tipo cuantitativo; los datos

numéricos y métricos se disponen a menudo en tablas, las más importantes de las cuales

son las tablas de constantes (tales como las de los puntos de fusión de las diferentes

sustancias). Pero la recolección de datos y su ulterior disposición en tablas no es la

finalidad principal de la investigación: la información de esta clase debe incorporarse a

teorías si ha de convertirse en una herramienta para la inteligencia y la aplicación. ¿De

qué sirve conocer el peso específico del hierro si carecemos de fórmulas mediante las

cuales podemos relacionarlos con otras cantidades?

No siempre es posible, ni siquiera deseable, respetar enteramente los hechos cuando se

los analiza, y no hay ciencia sin análisis, aun cuando el análisis no sea sino un medio para

la reconstrucción final de los todos. El físico atómico perturba el átomo al que desea

espiar; el biólogo modifica e incluso puede matar al ser vivo que analiza; el antropólogo

empeñado en el estudio de campo de una comunidad provoca en ella ciertas

modificaciones. Ninguno de ellos aprehende su objeto tal como es, sino tal como queda

modificado por sus propias operaciones; sin embargo, en todos los casos tales cambios

son objetivos, y se presume que pueden entenderse en términos de leyes: no son

conjurados arbitrariamente por el experimentador. Más aún, en todos los casos el

investigador intenta describir las características y el monto de la perturbación que produce

en el acto del experimento; procura, en suma estimar la desviación o “error” producido por

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

6

su intervención activa. Porque los científicos actúan haciendo tácitamente la suposición

de que el mundo existiría aun en su ausencia, aunque desde luego, no exactamente de la

misma manera.

2- El conocimiento científico trasciende los hechos: descarta los hechos, produce nuevos

hechos, y los explica. El sentido común parte de los hechos y se atiene a ellos: a menudo

se imita al hecho aislado, sin ir muy lejos en el trabajo de correlacionarlo con otros o de

explicarlo. En cambio, la investigación científica no se limita a los hechos observados: los

científicos exprimen la realidad a fin de ir más allá de las apariencias; rechazan el grueso

de los hechos percibidos, por ser un montón de accidentes, seleccionan los que

consideran que son relevantes, controlan hechos y, en lo posible, los reproducen. Incluso

producen cosas nuevas desde instrumentos hasta partículas elementales; obtienen

nuevos compuestos químicos, nuevas variedades vegetales y animales, y al menos en

principio, crean nuevas pautas de conducta individual y social.

Más aún, los científicos usualmente no aceptan nuevos hechos a menos que puedan

certificar de alguna manera su autenticidad; y esto se hace, no tanto contrastándolos con

otros hechos, cuanto mostrando que son compatibles con lo que se sabe. Los científicos

descartan las imposturas y los trucos mágicos porque no encuadran en hipótesis muy

generales y fidedignas, que han sido puestas a prueba en incontables ocasiones. Vale

decir, los científicos no consideran su propia experiencia individual como un tribunal

inapelable; se fundan, en cambio, en la experiencia colectiva y en la teoría.

Hay más: el conocimiento científico racionaliza la experiencia en lugar de limitarse a

describirla; la ciencia da cuenta de los hechos no inventariándolos sino explicándolos por

medio de hipótesis (en particular, enunciados de leyes) y sistemas de hipótesis (teorías).

Los científicos conjeturan lo que hay tras los hechos observados, y de continuo inventan

conceptos (tales como los del átomo, campo, masa, energía, adaptación, integración,

selección, clase social, o tendencia histórica) que carecen de correlato empírico, esto es,

que no corresponden a preceptos, aun cuando presumiblemente se refieren a cosas,

cualidades o relaciones existentes objetivamente. No percibimos los campos eléctricos o

las clases sociales: inferimos su existencia a partir de hechos experimentables y tales

conceptos son significativos tan sólo en ciertos contextos teóricos.

Este trascender la experiencia inmediata, ese salto del nivel observa-cional al teórico, le

permite a la ciencia mirar con desconfianza los enunciados sugeridos por meras

coincidencias; le permite predecir la existencia real de las cosas y procesos ocultos a

primera vista pero que instrumentos (materiales o conceptuales) más potentes pueden

descubrir. Las discrepancias entre las previsiones teóricas y los hallazgos empíricos

figuran entre los estímulos más fuertes para edificar teorías nuevas y diseñar nuevos

experimentos. No son los hechos por sí mismos sino su elaboración teórica y la

comparación de las consecuencias de las teorías con los datos observacio-nales, la

principal fuente del descubrimiento de nuevos hechos.

3- La ciencia es analítica: la investigación científica aborda problemas circunscriptos, uno

a uno, y trata de descomponerlo todo en elementos (no necesariamente últimos o siquiera

reales). La investigación científica no se planta cuestiones tales como “¿Cómo es el

universo en su conjunto?”, o “¿Cómo es posible el conocimiento?” Trata, en cambio, de

entender toda situación total en términos de sus componentes; intenta descubrir los

elementos que explican su integración.

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

7

Los problemas de la ciencia son parciales y así son también, por consiguiente, sus

soluciones; pero, más aún: al comienzo los problemas son estrechos o es preciso

estrecharlos. Pero, a medida que la investigación avanza, su alcance se amplía. Los

resultados de la ciencia son generales, tanto en el sentido de que se refieren a clases de

objetos (por ejemplo, la lluvia), como en que están, o tienden a ser incorporados en

síntesis conceptuales llamadas teorías. El análisis, tanto de los problemas como de las

cosas, no es tanto un objetivo como una herramienta para construir síntesis teóricas. La

ciencia auténtica no es atomista ni totalista.

La investigación comienza descomponiendo sus objetos a fin de descubrir el “mecanismo”

interno responsable de los fenómenos observados. Pero el desmontaje del mecanismo no

se detiene cuando se ha investigado la naturaleza de sus partes; el próximo paso es el

examen de la interdependencia de las partes, y la etapa final es la tentativa de reconstruir

el todo en términos de sus partes inter-conectadas. El análisis no acarrea el descuido de

la totalidad; lejos de disolver la integración, el análisis es la única manera conocida de

descubrir cómo emergen, subsisten y se desin-tegran los todos. La ciencia no ignora la

síntesis: lo que sí rechaza es la pretensión irracionalista de que las síntesis pueden ser

aprehendidas por una intuición especial, sin previo análisis.

4- La investigación científica es especializada: una consecuencia del enfoque analítico de

los problemas es la especialización. No obstante la unidad del método científico, su

aplicación depende, en gran medida, del asunto; esto explica la multiplicidad de técnicas y

la relativa independencia de los diversos sectores de la ciencia.

Sin embargo, es menester no exagerar la diversidad de las ciencias al punto de borrar su

unidad metodológica. El viejo dualismo materia-espíritu había sugerido la división de las

ciencias en Naturwissens-chaften, o ciencias de la naturaleza, y Geisteswissenschaften,

o ciencias del espíritu. Pero estos géneros difieren en cuanto al asunto, a las técnicas y al

grado de desarrollo, no así en lo que respecta al objetivo, método y alcance. El dualismo

razón-experiencia había sugerido, a su vez, la división de las ciencias fácticas en

racionales y empíricas. Menos sostenible aún es la dicotomía ciencias deductivas-ciencias

inductivas, ya que toda empresa científica —sin excluir el dominio de las ciencias

formales— es tan inductiva como deductiva, sin hablar de otros tipos de inferencia.

La especialización no ha impedido la formación de campos interdisci-plinarios tales como

la biofísica, la bioquímica, la psicofisiología, la psicología social, la teoría de la

información, la cibernética, o la investigación operacional. Con todo, la investigación

tiende a estrechar la visión del científico individual; un único remedio ha resultado eficaz

contra la unilateralidad profesional, y es una dosis de filosofía.

5- El conocimiento científico es claro y preciso: sus problemas son distintos, sus

resultados son claros. El conocimiento ordinario, en cambio, usualmente es vago e

inexacto; en la vida diaria nos preocupamos poco por definiciones precisas, descripciones

exactas, o mediciones afinadas: si éstas nos preocuparan demasiado, no lograríamos

marchar al paso de la vida. La ciencia torna impreciso lo que el sentido común conoce de

manera nebulosa; pero, desde luego la ciencia es mucho más que sentido común

organizado: aunque proviene del sentido común, la ciencia constituye una rebelión contra

su vaguedad y superficialidad. El conocimiento científico procura la precisión; nunca está

enteramente libre de vaguedades, pero se las ingenia para mejorar la exactitud; nunca

está del todo libre de error, pero posee una técnica única para encontrar errores y para

sacar provecho de ellos.

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

8

La claridad y la precisión se obtienen en ciencia de las siguientes maneras:

a- los problemas se formulan de manera clara; lo primero, y a menudo lo más difícil, es

distinguir cuáles son los problemas; ni hay artillería analítica o experimental que pueda ser

eficaz si no se ubica adecuadamente al enemigo;

b- la ciencia parte de nociones que parecen claras al no iniciado; y las complica, purifica y

eventualmente las rechaza; la transformación progresiva de las nociones corrientes se

efectúa incluyéndolas en esquemas teóricos. Así, por ejemplo, “distancia” adquiere un

sentido preciso al ser incluida en la geometría métrica y en la física;

c- la ciencia define la mayoría de sus conceptos: algunos de ellos se definen en términos

de conceptos no definidos o primitivos, otros de manera implícita, esto es, por la función

que desempeñan en un sistema teórico (definición contextual). Las definiciones son

convencionales, pero no se las elige caprichosamente: deben ser convenientes y fértiles.

(¿De qué vale, por ejemplo, poner un nombre especial a las muchachas pecosas que

estudian ingeniería y pesan más de 50 kg?) Una vez que se ha elegido una definición, el

discurso restante debe guardarte fidelidad si se quiere evitar inconsecuencias;

d- la ciencia crea lenguajes artificiales inventando símbolos (palabras, signos

matemáticos, símbolos químicos, etc.; a estos signos se les atribuye significados

determinados por medio de reglas de designación (tal como “en el presente contexto H

designa el elemento de peso atómico unitario”)). los símbolos básicos serán tan simples

como sea posible, pero podrán combinarse conforme a reglas determinadas para formar

configuraciones tan complejas como sea necesario (las leyes de combinación de los

signos que intervienen en la producción de expresiones complejas se llaman reglas de

formación);

e- la ciencia procura siempre medir y registrar los fenómenos. Los números y las formas

geométricas son de gran importancia en el registro, la descripción y la inteligencia de los

sucesos y procesos. En lo posible, tales datos debieran disponerse en tablas o resumirse

en fórmulas matemáticas. Sin embargo, la formulación matemática, deseable como es, no

es una condición indispensable para que el conocimiento sea científico; lo que caracteriza

el conocimiento científico es la exactitud en un sentido general antes que la exactitud

numérica o métrica, la que es inútil si media la vaguedad conceptual. Más aún, la

investigación científica emplea, en medida creciente, capítulos no numéricos y no

métricos de la matemática, tales como la topología, la teoría de los grupos, o el álgebra de

las clases, que no son ciencias del número y la figura, sino de la relación.

6- El conocimiento científico es comunicable: no es inefable sino expre-sable, no es

privado sino público. El lenguaje científico comunica información a quienquiera haya sido

adiestrado para entenderlo. Hay, ciertamente, sentimientos oscuros y nociones difusas,

incluso en el desarrollo de la ciencia (aunque no en la presentación final del trabajo

científico); pero es preciso aclararlos antes de poder estimar su adecuación. Lo que es

inefable puede ser propio de la poesía o de la música, no de la ciencia, cuyo lenguaje es

informativo y no expresivo o imperativo La inefabilidad misma es, en cambio, tema de

investigación científica, sea psicológica o lingüística.

La comunicabilidad es posible gracias a la precisión; y es a su vez una condición

necesaria para la verificación de los datos empíricos y de las hipótesis científicas. Aun

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

9

cuando, por “razones” comerciales o políticas, se mantengan en secreto durante algún

tiempo unos trozos del saber, deben ser comunicables en principio para que puedan ser

considerados científicos. La comunicación de los resultados y de las técnicas de la ciencia

no sólo perfecciona la educación general sino que multiplica las posibilidades de su

confirmación o refutación. La verificación independiente ofrece las máximas garantías

técnicas y morales, y ahora es posible en muchos campos, en escala internacional. Por

esto, los científicos consideran el secreto en materia científica como enemigo del progreso

de la ciencia; la política del secreto científico es, en efecto, el más eficaz originador de

estancamiento en la cultura, en la tecnología y en la economía, así como una fuente de

corrupción moral.

7- El conocimiento científico es verificable: debe aprobar el examen de la experiencia. A

fin de explicar un conjunto de fenómenos, el científico inventa conjeturas fundadas de

alguna manera en el saber adquirido. Sus suposiciones pueden ser cautas o audaces

simples o complejas; en todo caso deben ser puestas a prueba. El test de las hipótesis

fácticas es empírico, esto es, observacional o experimental. El haberse dado cuenta de

esta verdad hoy tan trillada es la contribución inmortal de la ciencia helenística. En ese

sentido, las ideas científicas (incluidos los enunciados de leyes) no son superiores a las

herramientas o a los vestidos: si fracasan en la práctica, fracasan por entero.

La experimentación puede calar más profundamente que la observación, porque efectúa

cambios en lugar de limitarse a registrar variaciones: aísla y controla las variables

sensibles o pertinentes. Sin embargo los resultados experimentales son pocas veces

interpretables de una sola manera. Más aún, no todas las ciencias pueden experimentar;

y en ciertos capítulos de la astronomía y de la economía se alcanza una gran exactitud sin

ayuda del experimento. La ciencia fáctica es por esto empírica en el sentido de que la

comprobación de sus hipótesis involucra la experiencia; pero no es necesariamente

experimental y en particular no es agotada por las ciencias de laboratorio, tales como la

física.

La prescripción de que las hipótesis científicas deben ser capaces de aprobar el examen

de la experiencia es una de las reglas del método científico; la aplicación de esta regla

depende del tipo de objeto del tipo de la hipótesis en cuestión y de los medios disponibles.

Por esto se necesita una multitud de técnicas de verificación empírica. La verificación de

la fórmula de un compuesto químico se hace de manera muy diferente que la verificación

de un cálculo astronómico o de una hipótesis concerniente al pasado de las rocas o de los

hombres. Las técnicas de verificación evolucionan en el curso del tiempo; sin embargo,

siempre consisten en poner a prueba consecuencias particulares de hipótesis generales

(entre ellas, enunciados de leyes). Siempre se reducen a mostrar que hay, o que no hay,

algún fundamento para creer que las suposiciones en cuestión corresponden a los hechos

observados o a los valores medidos.

La verificabilidad hace a la esencia del conocimiento científico; si así no fuera, no podría

decirse que los científicos procuran alcanzar conocimiento objetivo.

8- La investigación científica es metódica: no es errática sino paneada. los investigadores

no tantean en la oscuridad: saben lo que buscan y cómo encontrarlo. El planeamiento de

la investigación no excluye el azar; sólo que, a hacer un lugar a los acontecimientos

imprevistos es posible aprovechar la interferencia del azar y la novedad inesperada. Más

aún a veces el investigador produce el azar deliberadamente. Por ejemplo, para asegurar

la uniformidad de una muestra, y para impedir una preferencia inconsciente en la elección

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

10

de sus miembros, a menudo se emplea la técnica de la casualización, en que la decisión

acerca de los individuos que han de formar parte de ciertos grupos se deja librada aa una

moneda o a algún otro dispositivo. De esta manera, el investigador pone el azar al servicio

de orden: en lo cual no hay paradoja, porque el acaso opera al nivel de los individuos, al

par que el orden opera en el grupo con totalidad.

Todo trabajo de investigación se funda sobre el conocimiento anterior, y en particular

sobre las conjeturas mejor confirmadas. (Uno de los muchos problemas de la metodología

es, precisamente averiguar cuáles son los criterios para decidir si una hipótesis dada

puede considerarse razonablemente confirmada, eso es, si el peso que le acuerdan los

fundamentos inductivos y de otro orden basta para conservarla). Más aun, la investigación

procede conforme a reglas y técnicas que han resultado eficaces en el pasado pero que

son perfeccionadas continuamente, no sólo a la luz de nuevas experiencias, sino también

de resultados del examen matemático y filosófico. Una de las reglas de procedimiento de

la ciencia fáctica es la siguiente: las variables relevantes (o que se sospecha que son

sensibles) debieran variarse una cada vez.

La ciencia fáctica emplea el método experimental concebido en un sentido amplio. Este

método consiste en el test empírico de conclusiones particulares extraídas de hipótesis

generales (tales como “los gases se dilatan cuando se los calienta” o “los hombres se

rebelan cuando se los oprime”). Este tipo de verificación requiere la manipulación de la

observación y el registro de fenómenos; requiere también el control de las variables o

factores relevantes; siempre que fuera posible debiera incluir la producción artificial

deliberada de los fenómenos en cuestión, y en todos los casos exige el análisis y crudos

son inútiles y no son dignos de confianza; es preciso elaborarlos, organizarlos y

confrontarlos con las conclusiones teóricas.

El método científico no provee recetas infalibles para encontrar la verdad: sólo contiene

un conjunto de prescripciones falibles (perfectibles) para el planeamiento de

observaciones y experimentos, para la interpretación de sus resultados, y para el planteo

mismo de los problemas. Es, en suma, la manera en que la ciencia inquiere en lo

desconocido. Subordinadas a las reglas generales del método científico, y al mismo

tiempo en apoyo de ellas, encontramos las diversas técnicas que se emplean en las

ciencias especiales: las técnicas para pesar, para observar por el microscopio, para

analizar compuestos químicos,para dibujar gráficos que resumen datos empíricos, para

reunir informaciones acerca de costumbres, etc. La ciencia es pues, esclava de sus

propios métodos y técnicas mientras éstos tienen éxito: pero es libre de multiplicar y de

modificar en todo momento sus reglas, en aras de mayor racionalidad y objetividad.

9- El conocimiento científico es sistemático: una ciencia no es un agregado de

informaciones inconexas, sino un sistema de ideas conectadas lógicamente entre sí. Todo

sistema de ideas caracterizado por cierto conjunto básico (pero refutable) de hipótesis

peculiares, y que procura adecuarse a una clase de hechos, es una teoría. Todo capítulo

de una ciencia especial contiene teorías o sistemas de ideas que están relacionadas

lógicamente entre sí, esto es, que están ordenadas mediante la relación “implica”. Esta

conexión entre las ideas puede calificarse de orgánica, en el sentido de que la sustitución

de cualquiera de las hipótesis básicas produce un cambio radical en la teoría o grupo de

teorías.

El fundamento de una teoría dada no es un conjunto de hechos sino, más bien, un

conjunto de principios, o hipótesis de cierto grado de generalidad (y, por consiguiente, de

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

11

cierta fertilidad lógica). Las conclusiones (o teoremas) pueden extraerse de los principios,

sea en la forma natural, o con la ayuda de técnicas especiales que involucran operaciones

matemáticas.

El carácter matemático del conocimiento científico —esto es, el hecho de que es fundado,

ordenado y coherente— es lo que lo hace racional. La racionalidad permite que el

progreso científico se efectúe no sólo por la acumulación gradual de resultados, sino

también por revoluciones. Las revoluciones científicas no son descubrimientos de nuevos

hechos aislados, ni son perfeccionamientos en la exactitud de las observaciones sino que

consisten en la sustitución de hipótesis de gran alcance (principios) por nuevos axiomas, y

en el reemplazo de teorías enteras por otros sistemas teóricos. Sin embargo, semejantes

revoluciones son a menudo provocadas por el descubrimiento de nuevos hechos de los

que no dan cuenta las teorías anteriores, aunque a veces se encuentran en el proceso de

comprobación de dichas teorías; y las nuevas teorías se torna verificaves en muchos

casos, merced a la invención de nuevas técnicas de medición, de mayor precisión.

10- El conocimiento científico es general: ubica los hechos singulares en pautas

generales, los enunciados particulares en esquemas amplios. El científico se ocupa del

hecho singular en la medida en que éste es miembro de una clase o caso de una ley; más

aún, presupone que todo hecho es clasificable y legal. No es que la ciencia ignore la cosa

individual o el hecho irrepetible; lo que ignora es el hecho aislado. Por esto la ciencia no

se sirve de los datos empíricos —que siempre son singulares— como tales; éstos son

mudos mientras no se los manipula y convierte en piezas de estructuras teóricas.

En efecto, uno de los principios ontológicos que subyacen a la investigación científica es

que la variedad y aun la unicidad en algunos respectos son compatibles con la

uniformidad y la generalidad en otros respectos. Al químico no le interesa ésta o aquella

hoguera, sino el proceso de combustión en general: trata de descubrir lo que comparten

todos los singulares. El científico intenta exponer los universales que se esconden en el

seno de los propios singulares; es decir, no considera los universales ante rem ni post

rem sino in re: en la cosa, y no antes o después de ella. Los escolásticos medievales

clasificarían al científico moderno como realista inmanen-tista, porque, al descartar los

detalles al procurar descubrir los rasgos comunes a individuos que son únicos en otros

respectos al buscar las variables pertinentes (o cualidades esenciales) y las relaciones

constantes entre ellas (las leyes), el científico intenta exponer la naturaleza esencial de

las cosas naturales y humanas.

El lenguaje científico no contiene solamente términos que designan hechos singulares y

experiencias individuales, sino también términos generales que se refieren a clases de

hechos. La generalidad del lenguaje de la ciencia no tiene, sin embargo, el propósito de

alejar a la ciencia de la realidad concreta: por el contrario, la generalización es el único

medio que se conoce para adentrarse en lo concreto, para apresar la esencia de las

cosas (sus cualidades y leyes esenciales). Con esto, el científico evita en cierta medida

las confusiones y los engaños provocados por el flujo deslumbrador de los fenómenos.

Tampoco se asfixia la utilidad en la generalidad: por el contrario, los esquemas generales

de la ciencia encuadran una cantidad ilimitada de casos específicos, proveen leyes de

amplio alcance que incluyen y corrigen todas las recetas válidas de sentido común y de la

técnica precientífica.

11- El conocimiento científico es legal: busca leyes (de la naturaleza y de la cultura) y las

aplica. El conocimiento científico inserta los hechos singulares en pautas generales

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

12

llamadas “leyes naturales” o “leyes sociales”. Tras el desorden y la fluidez de las

apariencias, la ciencia fáctica descubre las pautas regulares de la estructura y del proceso

del ser y del devenir. En la medida en que la ciencia es legal, es esencialista: intenta legar

a la raíz de las cosas. Encuentra la esencia en las variables relevantes y en las relaciones

invariantes entre ellas.

Hay leyes de hechos y leyes mediante las cuales se pueden explicar otras leyes. El

principio de Arquímedes pertenece a la primera clase; pero a su vez puede deducirse de

los principios generales de la mecánica; por consiguiente, ha dejado de ser un principio

independiente, y ahora es un teorema deducible de hipótesis de nivel más elevado. Las

leyes de la física proveen la base de las leyes de las combinaciones químicas; las leyes

de la fisiología explican ciertos fenómenos psíquicos; y las leyes de la economía

pertenecen a los fundamentos de la sociología. Es decir, los enunciados de las leyes se

organizan en una estructura de niveles.

Ciertamente, los enunciados de las leyes son transitorios; pero ¿son inmutables las leyes

mismas? Si se considera a las leyes como las pautas mismas del ser y del devenir,

entonces debieran cambiar junto con las cosas mismas; por lo menos, debe admitirse

que, al emerger nuevos niveles, sus cualidades peculiares se relacionan entre sí mediante

nuevas leyes. Por ejemplo, las leyes de la economía han emergido en el curso de la

historia sobre la base de otras leyes (biológicas y psicológicas) y, más aún, algunas de

ellas cambian con el tipo de organización social.

Por supuesto, no todos los hechos singulares conocidos han sido ya convertidos en casos

particulares de leyes generales; en particular los sucesos y procesos de los niveles

superiores han sido legalizados sólo en pequeña medida. Pero esto se debe en parte al

antiguo prejuicio de que lo humano no es legal, así como a la antigua creencia pitagórica

de que solamente las relaciones numéricas merecen llamarse “leyes científicas”. Debiera

emplearse el stock íntegro de las herramientas conceptuales en la búsqueda de las leyes

de la mente y de la cultura; más aún, acaso el stock de que se dispone es insuficiente y

sea preciso inventar herramientas radicalmente nuevas para tratar los fenómenos

mentales y culturales, tal como el nacimiento de la mecánica moderna hubiera sido

imposible sin la invención expresa del cálculo infinitesimal.

Pero el ulterior avance en el progreso de la legalización de los fenómenos no físicos

requiere por sobre todo, una nueva actitud frente al concepto mismo de ley científica. En

primer lugar, es preciso comprender que hay muchos tipos de leyes (aun dentro de una

misma ciencia), ninguno de los cuales es necesariamente mejor que los tipos restantes.

En segundo lugar, debiera tornarse un lugar común entre los científicos de la cultura el

que las leyes no se encuentran por mera observación y el simple registro sino poniendo a

prueba hipótesis: los enunciados de leyes no son, en efecto, sino hipótesis confirmadas. Y

cómo habríamos de emprender la confección de hipótesis científicas si no presumiéramos

que todo hecho singular es legal?

12- La ciencia es explicativa: intenta explicar los hechos en términos de leyes, y las leyes

en términos de principios. los científicos no se conforman con descripciones detalladas;

además de inquirir cómo son las cosas, procuran responder al por qué: por qué ocurren

los hechos como ocurren y no de otra manera. La ciencia deduce proposiciones relativas

a hechos singulares a partir de leyes generales, y deduce las leyes a partir de enunciados

nomológicos aún más generales (principios). Por ejemplo, las leyes de Kepler explicaban

una colección de hechos observados del movimiento planetario; y Newton explicó esas

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

13

leyes deduciéndolas de principios generales explicación que permitió a otros astrónomos

dar cuenta de las irregularidades de las órbitas de los planetas que eran desconocidas

para Kepler.

Solía creerse que explicar es señalar la causa, pero en la actualidad se reconoce que la

explicación causal no es sino un tipo de explicación científica. La explicación científica se

efectúa siempre en términos de leyes, y las leyes causales no son sino una subclase de

las leyes científicas. Hay diversos tipos de leyes científicas y, por consiguiente, hay una

variedad de tipos de explicación científica: morfológicas, cinemáticas, dinámicas, de

composición, de conservación, de asociación, de tendencias globales, dialécticas,

teleológicas, etc.

La historia de la ciencia enseña que las explicaciones científicas se corrigen o descartan

sin cesar. ¿Significa esto que son todas falsas? En las ciencias fácticas, la verdad y el

error no son del todo ajenos entre sí: hay verdades parciales y errores parciales; hay

aproximaciones buenas y otras malas. La ciencia no obra como Penélope, sino que

emplea la tela tejida ayer. Las explicaciones científicas no son finales pero son

perfectibles.

13- El conocimiento científico es predictivo: Trasciende la masa de los hechos de

experiencia, imaginando cómo puede haber sido el pasado y cómo podrá ser el futuro. La

predicción es, en primer lugar, una manera eficaz de poner a prueba las hipótesis; pero

también es la clave del control y aún de la modificación del curso de los acontecimientos.

La predicción científica en contraste con la profecía se funda sobre leyes y sobre

informaciones específicas fidedignas, relativas al estado de cosas actual o pasado. No es

del tipo “ocurrirá E”, sino más bien de este otro: “ocurrirá El siempre que suceda C1 pues

siempre que sucede C es seguido por o está asociado con E”. C y E designan clases de

sucesos en tanto que C1 y E1 denotan los hechos específicos que se predicen sobre la

base del o los enunciados que conectan a C con E en general.

La predicción científica se caracteriza por su perfectibilidad antes que por su certeza. Más

aún, las predicciones que se hacen con la ayuda de reglas empíricas son a veces más

exactas que las predicciones penosamente elaboradas con herramientas científicas

(leyes, informaciones específicas y deducciones); tal es el caso con frecuencia, de los

pronósticos meteorológicos, de la prognosis médica y de la profecía política. Pero en tanto

que la profecía no es perfectible y, si falla, nos obliga a corregir nuestras suposiciones,

alcanzando así una inteligencia más profunda. Por esto la profecía exitosa no es un

aporte al conocimiento teórico, en tanto que la predicción científica fallida puede contribuir

a él.

Puesto que la predicción científica depende de leyes y de ítems de información específica,

puede fracasar por inexactitud de los enunciados de las leyes o por imprecisión de la

información disponible. (También puede fallar, por supuesto, debido a errores cometidos

en el proceso de inferencia lógica o matemática que conduce de las premisas (leyes e

informaciones) a la conclusión (enunciado predictivo)). Una fuente importante de fallas en

la predicción es el conjunto de suposiciones acerca de la naturaleza del objeto (sistema

físico, organismo vivo, grupo social, etc.) cuyo comportamiento ha de predecirse. Por

ejemplo, puede ocurrir que creamos que el sistema en cuestión está suficientemente

aislado de las perturbaciones exteriores, cuando en rigor éstas cuentan a la larga; dado

que la aislación es una condición necesaria de la descripción del sistema con ayuda de un

puñado de enunciados de leyes, no debiera sorprender que fuera tan difícil predecir el

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

14

comportamiento de sistemas abiertos tales como el océano, la atmósfera, el ser vivo o el

hombre.

Puesto que la predicción científica se funda en las leyes científicas, hay tantas clases de

predicciones como clases de enunciado nomológicos. Algunas leyes nos permiten

predecir resultados individuales, aunque no sin error si la predicción se refiere al valor de

una cantidad. Otras leyes; incapaces de decirnos nada acerca del comportamiento de los

individuos (átomos, personas, etc.) son en cambio la base para la predicción de algunas

tendencias globales y propiedades colectivas de colecciones numerosas de elementos

similares; son las leyes estadísticas. Las leyes de la historia son de este tipo; y por esto

es casi imposible la predicción de los sucesos individuales en el campo de la historia,

pudiendo preveer solamente el curso general de los acontecimientos.

14- La ciencia es abierta: no reconoce barreras a priori que limiten el conocimiento. Si un

conocimiento fáctico no es refutable en principio, entonces no pertenece a la ciencia sino

a algún otro campo. Las nociones acerca de nuestro medio, natural o social, o acerca del

yo, no son finales: están todas en movimiento, todas son falibles. Siempre es concebible

que pueda surgir una nueva situación (nuevas informaciones o nuevos trabajos teóricos)

en que nuestras ideas, por firmemente establecidas que parezcan, resulten inadecuadas

en algún sentido. La ciencia carece de axiomas evidentes: incluso los principios más

generales y seguros son postulados que pueden ser corregidos o reemplazados. A

consecuencia del carácter hipotético de los enunciados de leyes, y de la naturaleza

perfectible de los datos empíricos la ciencia no es un sistema dogmático y cerrado sino

controvertido y abierto. O, más bien, la ciencia es abierta como sistema porque es falible y

por consiguiente capaz de progresar. En cambio, puede argüirse que la ciencia es

metodológi-camente cerrada no en el sentido de que las reglas del método científico sean

finales sino en el sentido de que es autocorrectiva: el requisito de la verificabilidad de las

hipótesis científicas basta para asegurar el progreso científico.

Tan pronto como ha sido establecida una teoría científica, corre el peligro de ser refutada

o, al menos, de que se circunscriba su dominio. Un sistema cerrado de conocimiento

fáctico que excluya toda ulterior investigación, puede llamarse sabiduría pero es en rigor

un detritus de la ciencia. El sabio moderno, a diferencia del antiguo no es tanto un

acumulador de conocimientos como un generador de problemas. Por consiguiente

prefiere los últimos números de las revistas especializadas a los manuales, aún cuando

estos últimos sean depósitos de verdad más vastos y fidedignos que aquellas. El

investigador moderno ama la verdad pero no se interesa por las teorías irrefutables. Una

teoría puede haber permanecido intocada no tanto por su alto contenido de verdad cuanto

porque nadie la ha usado. No se necesita emprender una investigación empírica para

probar la tautología de que ni siquiera los científicos se casan con solteronas.

Los modernos sistemas de conocimiento científico son como organismos en crecimiento:

mientras están vivos cambian sin pausa. Esta es una de las razones por las cuales la

ciencia es éticamente valiosa: porque nos recuerda que la corrección de errores es tan

valiosa como el no cometerlos y que probar cosas nuevas e inciertas es preferible a rendir

culto a las viejas y garantidas. La ciencia, como los organismos, cambia a la vez

internamente y debido a sus contactos con sus vecinos; esto es, resolviendo sus

problemas específicos y siendo útil en otros campos.

15- La ciencia es útil: porque busca la verdad, la ciencia es eficaz en la provisión de

herramientas para el bien y para el mal. El conocimiento ordinario se ocupa usualmente

de lograr resultados capaces de ser aplicados en forma inmediata; con ello no es

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

15

suficientemente verdadero, con lo cual no puede ser suficientemente eficaz. Cuando se

dispone de un conocimiento adecuado de las cosas es posible manipularlas con éxito. La

utilidad de la ciencia es una consecuencia de su objetividad; sin proponerse

necesariamente alcanzar resultados aplicables, la investigación los provee a la corta o a

la larga. La sociedad moderna paga la investigación porque ha aprendido que la

investigación rinde. Por este motivo, es redundante exhortar a los científicos a que

produzcan conocimientos aplicables: no pueden dejar de hacerlo. Es cosa de los técnicos

emplear el conocimiento científico con fines prácticos, y los políticos son los responsables

de que la ciencia y la tecnología se empleen en beneficio de la humanidad. Los científicos

pueden a lo sumo, aconsejar acerca de cómo puede hacerse uso racional, eficaz y bueno

de la ciencia.

La técnica precientífica era primordialmente una colección de recetas pragmáticas no

entendidas, muchas de las cuales desempeñaban la función de ritos mágicos. La técnica

moderna, es en medida creciente —aunque no exclusivamente— ciencia aplicada. La

ingeniería es física y química aplicadas, la medicina es biología aplicada, la psiquiatría es

psicología y neurología aplicadas; y debiera llegar el día en que la política se convierta en

sociología aplicada.

Pero la tecnología es más que ciencia aplicada: en primer lugar porque tiene sus propios

procedimientos de investigación, adaptados a circunstancias concretas que distan de los

casos puros que estudia la ciencia. En segundo lugar, porque toda rama de la tecnología

contiene un cúmulo de reglas empíricas descubiertas antes que los principios científicos

en los que —si dichas reglas se confirman— terminan por ser absorbidas. La tecnología

no es meramente el resultado de aplicar el conocimiento científico existente a los casos

prácticos: la tecnología viva es esencialmente, el enfoque científico de los problemas

prácticos, es decir, el tratamiento de estos problemas sobre un fondo de conocimiento

científico y con ayuda del método científico. Por eso la tecnología, sea de las cosas

nuevas o de los hombres, es fuente de conocimientos nuevos.

La conexión de la ciencia con la tecnología no es por consiguiente asimétrica. Todo

avance tecnológico plantea problemas científicos cuya solución puede consistir en la

invención de nuevas teorías o de nuevas técnicas de investigación que conduzcan a un

conocimiento más adecuado y a un mejor dominio del asunto. La ciencia y la tecnología

constituyen un ciclo de sistemas interactuantes que se alimentan el uno al otro. El

científico torna inteligible lo que hace el técnico y éste provee a la ciencia de instrumentos

y de comprobaciones; y lo que es igualmente importante el técnico no cesa de formular

preguntas al científico añadiendo así un motor externo al motor interno del progreso

científico. La continuación de la vida sobre la Tierra depende del ciclo de carbono: los

animales se alimentan de plantas, las que a su vez obtienen su carbono de lo que exhalan

los animales. Análogamente la continuación de la civilización moderna depende, en gran

medida del ciclo del conocimiento: la tecnología moderna come ciencia, y la ciencia

moderna depende a su vez del equipo y del estímulo que le provee una industria

altamente tecnificada.

Pero la ciencia es útil en más de una manera. Además de constituir el fundamento de la

tecnología, la ciencia es útil en la medida en que se la emplea en la edificación de

concepciones del mundo que concuerdan con los hechos, y en la medida en que crea el

hábito de adoptar una actitud de libre y valiente examen, en que acostumbra a la gente a

poner a prueba sus afirmaciones y a argumentar correctamente. No menor es la utilidad

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

16

que presta la ciencia como fuente de apasionantes rompecabezas filosóficos, y como

modelo de la investigación filosófica.

En resumen, la ciencia es valiosa como herramienta para domar la naturaleza y remodelar

la sociedad; es valiosa en sí misma, como clave para la inteligencia del mundo y del yo; y

es eficaz en el enriquecimiento, la disciplina y la liberación de nuestra mente.

¿CUÁL ES EL MÉTODO DE LA CIENCIA?

"The lame in the path

outstrips the swift who

wander from it" - F. Bacon

1. La ciencia, conocimiento

verificable

En su deliciosa biografía del Dante (A.C. 1360), Boccaccio1 expuso su opinión —que no

viene al caso— acerca del origen de la palabra “poseía” concluyendo con este

comentario: “otros lo atribuyen a razones diferentes acaso aceptables; pero ésta me gusta

más”. El novelista aplicaba, al conocimiento acerca de la poesía y de su nombre el mismo

criterio que podría apreciarse para apreciar la poesía misma: el gusto. Confundía así

valores situados en niveles diferentes: el estético, perteneciente a la esfera de la

sensibilidad, y el gnoseológico, que no obstante estar enraizado en la sensibilidad está

enriquecido con una cualidad emergente: la razón.

Semejante confusión no es exclusiva de poetas: incluso Hume, en una obra célebre por

su crítica mortífera de varios dogmas tradicionales escogió el gusto como criterio de

verdad. En su Treatise of Human Nature (1739) puede leerse:2 “No es sólo en poesía y

en música que debemos seguir nuestro gusto, sino también en la filosofía (que en aquella

época incluía también a la ciencia). Cuando estoy convencido de algún principio, no es

sino una idea que me golpea (strikes) con mayor fuerza. Cuando prefiero un conjunto de

argumentos por sobre otros, no hago sino decidir, sobre la base de mi sentimiento, acerca

de la superioridad de su influencia”. El subjetivismo era así la playa en que desembarcaba

la teoría psicologista de las “ideas” inaugurada por el empirismo de Locke.

El recurso al gusto no era, por supuesto, peor que el argumento de autoridad, criterio de

verdad que ha mantenido enjaulado al pensamiento durante tanto tiempo y con tanta

eficacia. Desgraciadamente, la mayoría de la gente, y hasta la mayoría de los filósofos,

aún creen —u obran como si creyeran— que la manera correcta de decir el valor de

verdad de un enunciado es someterlo a la prueba de algún texto: es decir verificar si es

compatible con (o deducible de) frases más o menos célebres tenidas por verdades

eternas, o sea, principios infalibles de alguna escuela de pensamiento. En efecto, son

demasiados los argumentos filosóficos que se ajustan al siguiente molde: “X está

equivocado, porque lo que dice contradice lo que escribió el maestro Y”, o bien “el X-ismo

es falso porque sus tesis son incompatibles con las proposiciones fundamentales de Y-

1 G. Bocaccio Vita di Dante, en II comento alla Divina Commedia e gli altri scriti intorno a Dante

(Bari, Laterza 1918), I, p. 37. Subrayado mío.

2 D. Hume, A treastise of Human Nature (London Everyman, 1911) I, p. 105. Subrayado mío.

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

17

ismo”. Los dogmáticos —antiguos y modernos fuera y dentro de la profesión científica,

maliciosos o no— obran de esta manera aun cuando no desean convalidar creencias que

simplemente no pueden ser comprobadas, sea empíricamente, sea racionalmente.

Porque “dogma” es, por definición, toda opinión no confirmada de la que no se exige

verificación porque se la supone verdadera y, más aún, se la supone fuentes de verdades

ordinarias.

Otro criterio de verdad igualmente difundido ha sido la evidencia. Según esta opinión,

verdadero es aquello que parece aceptable a primera vista, sin examen ulterior: aquello,

en suma, que se intuye. Así, Aristóteles3 afirmaba que la intuición “aprehende las

premisas primarias” de todo discurso, y es por ello “la fuente que origina el conocimiento

científico”. No sólo Bergson, Husserl y mucho otros intuicionistas e irracionalistas han

compartido la opinión de que las esencias pueden cogerse sin más: también el racionalismo

ingenuo, tal como el que sostenía Descartes, afirma que hay principios evidentes

que, lejos de tener que someterse a prueba alguna, son la piedra de toque de toda otra

proposición, sea formal o fáctica.

Finalmente, otros han favorecido las “verdades vitales” (o las “mentiras vitales”), esto es,

las afirmaciones que se creen o no por conveniencia, independientemente de su

fundamento racional y/o empírico. Es el caso de Nietzsche y los pragmatistas posteriores,

todos los cuales han exagerado el indudable valor instrumental del conocimiento fáctico,

al punto de afirmar que “la posesión de la verdad, lejos de ser (...) un fin en sí, es sólo un

medio preliminar para alcanzar otras satisfacciones vitales”4, de donde “verdadero” es

sinónimo de “útil”.

Pregúntese a un científico, si cree que tiene derecho a suscribir una afirmación en el

campo de las ciencias tan sólo porque le guste, o porque la considere un dogma

inexpugnable o porque a él le parezca evidente, o porque la encuentre conveniente.

Probablemente conteste más o menos así: ninguno de esos presuntos criterios de verdad

garantiza la objetividad, y el conocimiento objetivo es la finalidad de la investigación

científica. Lo que se acepta sólo por gusto o por autoridad, o por parecer evidente

(habitual) o por conveniencia, no es sino creencia u opinión, pero no es conocimiento

científico. El conocimiento científico es a veces desagradable, a menudo contradice a los

clásicos (sobre todo si es nuevo), en ocasiones tortura al sentido común y humilla a la

intuición; por último, puede ser conveniente para algunos y no para otros. En cambio

aquello que caracteriza al conocimiento científico es su verifi-cabilidad: siempre es

susceptible de ser verificado (confirmado o disconfirmado).

2. Veracidad y verificabilidad

Obsérvese que no pretendemos que el conocimiento científico, por contraste con el

ordinario, el tecnológico o el filosófico, sea verdadero. Ciertamente lo es con frecuencia, y

siempre intenta serlo más y más. Pero la veracidad, que es un objetivo, no caracteriza el

conocimiento científico de manera tan inequívoca como el modo, medio o método por el

cual la investigación científica plantea problemas y pone a prueba las soluciones

propuestas.

En ocasiones, puede alcanzarse una verdad con sólo consultar un texto. Los propios

científicos recurren a menudo a un argumento de autoridad atenuada: lo hacen siempre

3 Aristóteles, analíticos Posteriores, libro II, cap. XIX 110 b.

4 W. James, Pragmatism, (New York, Meridian Books, 1935), p. 134.

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

18

que emplean datos (empíricos o formales) obtenidos por otros investigadores —cosa que

no pueden dejar de hacer, pues la ciencia moderna es, cada vez más, una empresa

social—. Pero, por grande que sea la autoridad que se atribuye a una fuente jamás se la

considera infalible: si se aceptan sus datos, es sólo provisionalmente y porque se

presume que han sido obtenidos con procedimientos que concuerdan con el método

científico, de manera que son reproducibles por quienquiera que se disponga a aplicar

tales procedimientos. En otras palabras: un dato será considerado verdadero hasta cierto

punto, siempre que pueda ser confirmado de manera compatible con los cánones del

método científico.

En consecuencia, para que un trozo de saber merezca ser llamado “científico”, no basta

—ni siquiera es necesario— que sea verdadero. Debemos saber, en cambio, cómo

hemos llegado a saber, o a presumir, que el enunciado en cuestión es verdadero:

debemos ser capaces de enumerar las operaciones (empíricas o racionales) por las

cuales es verificable (confirmable o discon-firmable) de una manera objetiva al menos en

principio. Esta no es sino una cuestión de nombres: quienes no deseen que se exija la

verificabilidad del conocimiento deben abstraerse de llamar “científicas” a sus propias

creencias, aun cuando lleven bonitos nombres con raíces griegas. Se las invita

cortésmente a bautizarlas con nombres más impresionantes, tales como “reveladas,

evidentes, absolutas, vitales, necesarias para la salud del Estado, indispensables para la

victoria del partido”, etc.

Ahora bien, para verificar un enunciado —porque las proposiciones, y no los hechos, son

verdaderas y falsas y pueden, por consiguiente, ser verificadas— no basta la

contemplación y ni siquiera el análisis. Comprobamos nuestras afirmaciones

confrontándolas con otros enunciados. El enunciado confirmatorio (o disconfirmatorio),

que puede llamarse el verificans, dependerá del conocimiento disponible y de la

naturaleza de la proposición dada, la que puede llamarse verificandum. Los enunciados

confirmatorios serán enunciados referentes a la experiencia si lo que se somete a prueba

es una afirmación fáctica, esto es, un enunciado acerca de hechos, sean experimentados

o no. Observemos, de pasada, que el científico tiene todo el derecho de especular acerca

de hechos inexperienciales, esto es, hechos que en una etapa del desarrollo del

conocimiento están más allá de alcance de la experiencia humana; pero entonces está

obligado a señalar las experiencias que permiten inferir tales hechos inobservados o aun

inobservables; vale decir tiene la obligación de anclar sus enunciados fácticos en

experiencias conectadas de alguna manera con los hechos transempíricos que supone.

Baste recordar la historia de unos pocos inobservables distinguidos: la otra cara de la

Luna, las ondas luminosas, los átomos, la conciencia, la lucha de clases y la opinión

pública.

En cambio, si lo que se ha verificado no es una proposición referente al mundo exterior

sino un enunciado respecto al comportamiento de signos (tal como por ej. 2 + 3 = 5),

entonces los enunciados confirmatorios serán definiciones, axiomas, y reglas que se

adoptan por una razón cualquiera (por ej. porque son fecundas en la organización de los

conceptos disponibles y en la elaboración de nuevos conceptos). En efecto, la verificación

de afirmaciones pertenecientes al dominio de las formas (lógica y matemática) no requiere

otro instrumento material que el cerebro; sólo la verdad fáctica —como en el caso de “la

Tierra es redonda”— requiere la observación o el experimento.

Resumiendo: la verificación de enunciados formales sólo incluye operaciones racionales,

en tanto que las proposiciones que comunican información acerca de la naturaleza o de la

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

19

sociedad han de ponerse a prueba por ciertos procedimientos empíricos tales como el

recuento o la medición. Pues, aunque el conocimiento de los hechos no provienen de la

experiencia pura —por ser la teoría un componente indispensable de la recolección de

informaciones fácticas— no hay otra manera de verificar nuestras sospechas que recurrir

a la experiencia, tanto “pasiva” como activa.

3. Las proposiciones generales

verificables: hipótesis científicas

La descripción que antecede satisfará probablemente, a cualquier científico

contemporáneo que reflexione sobre su propia actividad. Pero no resolverá la cuestión

para el meta-científico o epis-temólogo, para quien los procedimientos, las normas y a

veces hasta los resultados de la ciencia son otros tantos problemas. En efecto, el

metacientífico no puede dejar de preguntarse cuáles son las afirmaciones verificables,

cómo se llega a afirmarlas, cómo se las comprueba, y en qué condiciones puede decirse

que han sido confirmadas. Tratemos de esbozar una respuesta a estas preguntas.

En primer lugar si hemos de tratar el problema de la verificación, debemos averiguar qué

se puede verificar, ya que no toda afirmación —ni siquiera toda afirmación significativa—

es verificable. Así, por ejemplo, las definiciones nominales —tales como “América es el

continente situado al oeste de Europa”— se aceptan o rechazan sobre la base del gusto,

de la conveniencia, etc., pero no pueden verificarse, y ello simplemente porque no son

verdaderas ni falsas. Por ejemplo, si convenimos en llamar “norte-sur” a la dirección que

toma normalmente la aguja de una brújula, semejante nombre puede gustarnos o no, pero

es inverificable: no es sino un nombre no se funda sobre elemento de prueba alguno, y

ninguna operación podría confirmarlo o disconfirmarlo. En cambio lo que puede

confirmarse o discon-firmarse es una afirmación fáctica que contenga a ese término tal

como “la 5º Avenida corre de sur a norte”. La verificación de esa afirmación es posible, y

puede hacerse con la ayuda de una brújula.

No sólo las definiciones nominales sino también las afirmaciones acerca de fenómenos

sobrenaturales son inveri-ficables, puesto que por definición trascienden todo cuanto está

a nuestro alcance, y no se las puede poner a prueba con ayuda de la lógica ni de la

matemática. Las afirmaciones acerca de la sobrenaturaleza son inverificables no porque

no se refieran a hechos —pues a veces pretenden hacerlo, sino porque no se dispone de

método alguno mediante el cual se podrá decidir cuál es su valor de verdad. En cambio,

muchas de ellas son perfectamente significativas para quien se tome el trabajo de

ubicarlas en su contexto sin pretender reducirlas, por ejemplo, a conceptos científicos. La

verificación torna más exacto el significado, pero no produce significado alguno. Más bien

al contrario, la posesión de un significado determinado es una condición necesaria para

que una proposición sea verificable. Pues, ¿cómo habríamos de disponernos a comprobar

lo que no entendemos?

Ahora bien, los enunciados verifi-cables son de muchas clases. Hay proposiciones

singulares tales como “este trozo de hierro está caliente”; particulares o existenciales,

tales como “algunos trozos de hierro están calientes” (que es verificable-mente falsa).

Hay, además, enunciados de leyes, tales como “todos los metales se dilatan con el calor”

(o mejor, “para todo x, si x es un trozo de metal que se calienta, entonces x se dilata”).

Las proposiciones singulares y particulares pueden verificarse a menudo de manera

inmediata, con la sola ayuda de los sentidos o eventualmente, con el auxilio de

instrumentos que amplíen su alcance; pero otras veces exigen operaciones complejas

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

20

que implican enunciados de leyes y cálculos matemáticos, como es el caso de “la

distancia media entre la Tierra y el Sol es de unos 1.500 millones de kilómetros”.

Cuando un enunciado verificable posee un grado de generalidad suficiente, habitualmente

se lo llama hipótesis científica. O, lo que es equivalente, cuando una proposición general

(particular o universal) puede verificarse sólo de manera indirecta —esto es, por el

examen de algunas de sus consecuencias— es conveniente llamarla “hipótesis científica”.

Por ejemplo, “todos los trozos de hierro se dilatan con el calor”, y a fortiori, “todos los

metales se dilatan con el calor”, son hipótesis científicas: son puntos de partida de

raciocinios y, por ser generales, sólo pueden ser confirmados poniendo a prueba sus

consecuencias particulares, esto es, probando enunciados referentes a muestras

específicas de metal.

Solía creerse que el discurso científico no incluye elementos hipotéticos sino tan sólo

hechos, y, sobre todo, lo que en inglés se denominan hard facts. Ahora se comprende

que el núcleo de toda teoría científica es un conjunto de hipótesis verificables. Las

hipótesis científicas son, por una parte, remates de cadenas inferen-ciales no

demostrativas (analógicas o inductivas) más o menos oscuras; por otra parte, son puntos

de partida de cadenas deductivas cuyos últimos eslabones —los más próximos a los

sentidos, en el caso de la ciencia fáctica—, deben pasar la prueba de la experiencia.

Más aún: habitualmente se concuerda en que debiera llamarse “hipótesis” no sólo a las

conjeturas de ensayo, sino también a las suposiciones razonablemente confirmadas o

establecidas, pues probablemente no hay enunciados fácticos generales perfectos. La

experiencia ha sugerido adoptar este sentido de la palabra “hipótesis”. considérese, por

ejemplo, la ley de Newton de la gravedad, que ha sido confirmada en casi todos los casos

con una precisión asombrosa. Tenemos dos razones para llamarla hipótesis: la primera es

que ha pasado la prueba sólo un número finito de veces; la segunda, es que hemos

terminado por aprehender que incluso ese célebre enunciado de ley es tan sólo una

primera aproximación de un enunciado más exacto incluido en la teoría general de la

relatividad, que tampoco es probable que sea definitiva.

4. El método científico

¿ars inveniendi?

Hemos convenido en que un enunciado fáctico general susceptible de ser verificado

puede llamarse hipótesis, lo que suena más respetable que corazonada, sospecha,

conjetura, suposición o presunción, y es también más adecuado que estos términos, ya

que la etimología de es punto de partida, que ciertamente lo es una vez que se ha dado

con ella. Abordemos ahora el segundo problema que nos propusimos, a saber: ¿existe

una técnica infalible para inventar hipótesis científicas que sean probablemente

verdaderas? En otras palabras: ¿existe un método, en el sentido cartesiano de conjunto

de “reglas ciertas y fáciles” que nos conduzca a enunciar verdades fácticas de gran

extensión?

Muchos hombres, en el curso de muchos siglos, han creído en la posibilidad de descubrir

la técnica del descubrimiento, y de inventar la técnica de la invención. Fue fácil bautizar al

niño no nacido, y se lo hizo con el nombre de ars inveniendi. Pero semejante arte jamás

fue inventado. Lo que es más, podría argüirse que jamás se lo inventará, a menos que se

modifique radicalmente la definición de “ciencia”; en efecto, el conocimiento científico por

oposición a la sabiduría revelada, es esencialmente falible, esto es, susceptible de ser

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

21

parcial o aun totalmente refutado. La falibilidad del conocimiento científico, y, por

consiguiente la imposibilidad de establecer reglas de oro que nos conduzcan

derechamente a verdades finales, no es sino el complemento de aquella verificabilidad

que habíamos encontrado en el núcleo de la ciencia.

Vale decir, no hay reglas infalibles que garanticen por anticipado el descubrimiento de

nuevos hechos y la invención de nuevas teorías, asegurando así la fecundidad de la

investigación científica: la certidumbre debe buscarse tan solo en las ciencias formales.

¿Significa esto que la investigación científica es errática e ilegal, y por consiguiente que

los científicos lo esperan todo de la intuición o de la iluminación? Ta es la moraleja que

algunos científicos y filósofos eminentes han extraído de la inexistencia de leyes que nos

aseguren contra la infertilidad y el error. Por ejemplo, Bridgman —el expositor del

operacionismo— ha negado la existencia del método científico, sosteniendo que “la

ciencia es ño que hacen los científicos, y hay tantos métodos científicos como hombres de

ciencia”.5

Es verdad que en ciencia no hay caminos reales; que la investigación se abre camino en

la selva de los hechos, y que los científicos sobresalientes elaboran su propio estilo de

pesquisa. Sin embargo esto no debe hacernos desesperar de la posibilidad de descubrir

pautas, normalmente satisfactorias de plantear problemas y poner a prueba hipótesis.

Los científicos que van en pos de la verdad no se comportan ni como soldados que

cumplen obedientemente las reglas de la ordenanza (opiniones de Bacon y Descartes), ni

como los caballeros de Mark Twain, que cabalgaban en cualquier dirección para llegar a

Tierra Santa (opinión de Bridgman). No hay avenidas hechas en ciencia, pero hay en

cambio una brújula mediante la cual a menudo es posible estimar si se está sobre una

huella promisoria. Esta brújula es el método científico, que no produce automáticamente

el saber pero que nos evita perdernos en el caos aparente de los fenómenos, aunque sólo

sea porque nos indica cómo no plantear los problemas y cómo no sucumbir al embrujo

de nuestros prejuicios predilectos.

La investigación no es errática sino metódica; sólo que no hay una sola manera de sugerir

hipótesis, sino muchas maneras: las hipótesis no se nos imponen por la fuerza de los

hechos, sino que son inventadas para dar cuenta de los hechos. Es verdad que la

invención no es ilegal, sino que sigue ciertas pautas; pero éstas son psicológicas antes

que lógicas, son peculiares de los diversos tipos intelectuales, y, por añadidura, los

conocemos poco, porque apenas se los investiga. Hay, ciertamente, reglas que facilitan la

invención científica, y en especial la formulación de hipótesis; entre ellas figuran las

siguientes: el sistemático reordena-miento de los datos, la supresión imaginaria de

factores con el fin de descubrir las variables relevantes, el obstinado cambio de

representación en busca de analogías fructíferas. Sin embargo, las reglas que favorecen

o entorpecen el trabajo científico no son de oro sino plásticas; más aún, el investigador

rara vez tiene conciencia del camino que ha tomado para formular sus hipótesis. Por esto

la investigación científica puede planearse a grandes líneas y no en detalle, y aún menos

puede ser regimentada.

Algunas hipótesis se formulan por vía inductiva, esto es, como generalizaciones sobre la

base de la observación de un puñado de casos particulares. Pero la inducción dista de ser

la única o siquiera la principal de las vías que conducen a formular enunciados generales

verificables. Otras veces, el científico opera por analogía; por ejemplo la teoría ondulatoria

5 P. W. Bridgam, Reflections of a Psysicist (N. York, Philosophical library, 1955), p. 83.

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

22

de la luz le fue sugerida a Huyghens (1690) por una comparación con las olas.6 En

algunos casos el principio heurístico es una analogía matemática; así, por ejemplo,

Maxwell (1873) predijo la existencia de ondas electromagnéticas sobre la base de una

analogía formal entre sus ecuaciones del campo y la conocida ecuación de las ondas

elásticas.7 Ocasionalmente, el investigador es guiado por consideraciones filosóficas; así

fue como procedió Oersted (1820); buscó deliberadamente una conexión entre la

electricidad y el magnetismo, obrando sobre la base de la convicción a priori de que la

estructura de todo cuanto existe es polar, y que todas las “fuerzas” de la naturaleza están

conectadas orgánicamente entre sí.8 La convicción filosófica de que la complejidad de la

naturaleza es ilimitada le llevó a Bohm a especular sobre un nivel subcuántico,

fundándose en una analogía con el movimiento browniano clásico.9 Ni siquiera la fantasía

teológica ha dejado de contribuir, aunque por cierto en mínima medida; recuérdese el

principio de la mínima acción de Maupertuis (1747), formulado en la creencia de que el

Creador lo había dispuesto todo de la manera más económica posible.

A las hipótesis científicas se llega, en suma, de muchas maneras: hay muchos principios

heurísticos, y el único invariante es el requisito de verificabi-lidad. La inducción, la

analogía y la deducción de suposiciones extracientíficas (por ej. filosóficas) proveen

puntos de partida que deben ser elaborados y probados.

5. El método científico, técnica

de planteo y comprobación

Los especialistas científicos habitualmente no se interesan por el problema de la génesis

de las hipótesis científicas; esta cuestión es de competencia de las diversas ciencias de la

ciencia. El proceso que conduce a la enunciación de una hipótesis científica puede

estudiarse en diversos niveles; el lógico, el psicológico y el sociológico. El lógico se

interesará por la inferencia plausible como conexión inversa (no deductiva) entre

proposiciones singulares y generales. El psicólogo investigará la etapa de la “iluminación”

o relámpago en el proceso de resolución de los problemas, etapa en que se produce la

síntesis de elementos anteriormente inconexos; también se propondrá estudiar

fenómenos tales como los estímulos e inhibiciones que caracterizan al trabajo en equipo.

El sociólogo inquirirá por qué determinada estructura social favorece ciertas clases de

hipótesis mientras desalienta a otras.

El metodólogo, en cambio no se ocupará de la génesis de las hipótesis, sino de planteo

de los problemas que las hipótesis intentan resolver y de su comprobación. El origen del

nexo entre el planteo y la comprobación —esto es, el surgimiento de la hipótesis— se lo

deja a otros especialistas. El motivo es, nuevamente, una cuestión de nombres: lo que

hoy se llama “método científico” no es ya una lista de recetas para dar con las respuestas

correctas a las preguntas científicas, sino el conjunto de procedimientos por los cuales: a)

se plantean los problemas científicos y, b) se ponen a prueba las hipótesis científicas.

6 C. Huyghens Traité de la lumière (París, Gauthier-Villars 1920), p. 5.

7 J. C. Maxwell, A treatise of Electricity and Magnetism, 3º ed. (Oxford, University Press 1937), II,

pp. 434 y ss.

8 Véase, por ej. S. F. Mason, A History of the Sciences (London Routledge & Kegan Paul, 1953). p.

386

9 D. Bohm, “A proposed Explanation of Quantum Theory in Terms of Hidden Variables at a Sub

Quantum Mechanica Leve”, en Colston Papers (Londn, Butterworths Scientific Publications 1957)

IX, p. 33.

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

23

El estudio del método científico es, en una palabra, la teoría de la investigación. Esta

teoría es descriptiva en la medida en que descubre pautas en la investigación científica (y

aquí interviene la historia de la ciencia, como proveedora de ejemplos). La metodología es

normativa en la medida en que muestra cuáles son las reglas de procedimiento que

pueden aumentar la probabilidad de que el trabajo sea fecundo. Pero las reglas

discernibles en la práctica científica exitosa son perfectibles, no son cánones intocables,

porque no garantizan la obtención de la verdad; pero, en cambio, facilitan la detección de

errores.

Si la hipótesis que ha de ser puesta a prueba se refiere a objetos ideales (números,

funciones, figuras, fórmulas lógicas, suposiciones filosóficas, etc.), su verificación

consistirá en la prueba de su coherencia —o incoherencia— con enunciados (postulados,

definiciones, etc.) previamente aceptados. En este caso, la confirmación puede ser una

demostración definitiva. En cambio, si el enunciado en cuestión se refiere (de manera

significativa) a la naturaleza o a la sociedad, puede ocurrir, o bien que podamos averiguar

su valor de verdad con la sola ayuda de la razón, o que debamos recurrir, además a la

experiencia.

El análisis lógico basta cuando el enunciado que se pone a prueba es de alguno de los

siguientes tipos: a) una simple tautología, o sea, un enunciado verdadero en virtud de su

sola forma, independientemente de su contenido (como el caso de “El agua moja o no

moja”; b) una definición, o equivalencia entre dos grupos de términos (como en el caso de

“Los seres vivos se alimentan, crecen y se reproducen); c) una consecuencia de

enunciados fácticos que poseen una extensión o alcance mayor (como ocurre cuando se

deduce el principio de la palanca de la ley de conservación de la energía). Vale decir, el

análisis lógico y matemático comprobará la validez de los enunciados (hipótesis) que son

analíticos, determinado contexto. Muchos enunciados no son intrínsecamente analíticos

en su analiticidad es relativa o contextual, como lo demuestra el hecho de que esta

propiedad puede perderse, si se estrecha o amplía el contexto, o si se reagrupan los

enunciados de la teoría correspondiente, de manera ta que los antiguos teoremas se

conviertan en postulados y viceversa.

Vale decir, la mera referencia a los hechos no basta para decidir qué herramienta, si el

análisis o la experiencia, ha de emplearse. Para convalidar una proposición hay que

empezar por determinar su status y estructura lógica. En consecuencia, el análisis lógico

(tanto sintáctico como semántico), es la primera operación que debiera emprenderse al

comprobar las hipótesis científicas, sean fácticas o no. Esta norma debiera considerarse

como una regla del método científico.

Los enunciados fácticos no analíticos —esto es, las proposiciones referentes a hechos

pero indecidibles con la sola ayuda de la lógica— tendrán que concordar con los datos

empíricos o adaptarse a ellos. Esta norma, que distaba de ser obvia antes del siglo XVIII,

y que contradice tanto el apriorismo escolástico como el racionalismo cartesiano, es la

segunda regla del método científico. Podemos enunciarla de la siguiente manera: El

método científico, aplicado a la comprobación de afirmaciones informativas, se reduce al

método experimental.

6. El método experimental

La experimentación involucra la modificación deliberada de algunos factores, es decir, la

sujeción del objeto de experimentación a estímulos controlados. Pero lo que

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

24

habitualmente se llama “método experimental” no envuelve necesariamente experimentos

en el sentido estricto del término, y puede aplicarse fuera del laboratorio. Así, por ejemplo

la astronomía no experimenta con cuerpos celestes (por el momento) pero es una ciencia

empírica porque aplica el método experimental. En lugar de elaborar una definición del

término, veamos cómo funcionó en un caso famoso tan conocido que casi siempre se lo

entiende mal.

Adams y Le Verrier descubrieron el planeta Neptuno procediendo de una manera que es

típica de la ciencia moderna. Sin embargo, no ejecutaron un solo experimento; ni siquiera

partieron de “hechos sólidos”. En efecto, el problema que se pantearon fué el de explicar

ciertas irregularidades halladas en el movimiento de los planetas exteriores (a la Tierra);

pero esas irregularidades no eran fenómenos observables: consistían en discrepancias

entre las órbitas observadas y las calculadas. El hecho que debía explicar no era un

conjunto de datos de los sentidos, sino un conflicto entre datos empíricos y consecuencias

deducidas de los principios de la mecánica celeste.

La hipótesis que propusieron para explicar la discrepancia fué que un planeta

transuraniano inobservado perturbaba el movimiento de los planetas exteriores entonces

conocidos. También podrían haber imaginado que la ley de Newton de la gravitación falla

a grandes distancias, pero esto era apenas concebible en una época en que la

Weltanschauung prevaleciente entre los científicos incluía una fé dogmática en la física

newtoniana. De esta hipótesis, unida a los principios aceptados de la mecánica celeste y

ciertas suposiciones específicas (referentes, entre otras, al plano de la órbita), Adams y

Le Verrier dedujeron consecuencias observables con la sola ayuda de la lógica y la

matemática: predijeron el lugar en que se encontraba el “nuevo” planeta en tal y cual

noche. La observación del cielo y el descubrimiento no fueron sino el último eslabón de un

largo proceso por el cual se probaron conjuntamente varias hipótesis.

No es fácil decidir si una hipótesis concuerda con los hechos. En primer lugar, la

verificación empírica rara vez puede determinar cuál de los componentes de una teoría

dada ha sido confirmado o disconfirmado; habitualmente se prueban sistemas de

proposiciones antes que enunciados aislados. Pero la principal dificultad proviene de la

generalidad de las hipótesis científicas. La hipótesis de Adams y Le Verrier era general,

aun cuando ello no es aparente a primera vista: tácitamente habían supuesto que el

planeta existía en todo momento dentro de un largo lapso; y comprobaron la hipótesis tan

sólo para unos pocos breves intervalos de tiempo. En cambio, las proposiciones fácticas

singulares no son tan difíciles de probar. Así, por ejemplo, no es difícil comprobar si “El Sr.

Pérez, que es obeso, es cardíaco”; bastan una balanza y un estetoscopio. Lo difícil de

comprobar son las proposiciones fácticas generales, esto es, los enunciados referentes a

clases de hechos y no a hechos singulares. La razón es sencilla: no hay hechos

generales, sino tan sólo hechos singulares; por consiguiente, la frase “adecuación de las

ideas a los hechos” está fuera de la cuestión en lo que respecta a las hipótesis científicas.

Supongamos que se sugiere la hipótesis “los obesos son cardíacos”, sea por la

observación de cierto número de correlaciones entre la obesidad y las enfermedades del

corazón (esto es, por inducción estadística, sea sobre la base del estudio de la función del

corazón en la circulación (esto es, por deducción). El enunciado general “los obesos son

cardíacos” no se refiere solamente a nuestros conocidos, sino a todos los gordos del

mundo; por consiguiente, no podemos esperar verificarlo directamente (esto es, por el

examen de un inexistente “gordo general”) ni exhaustivamente (auscultando a todos los

seres humanos presentes, pasados y futuros). La metodología nos dice cómo debemos

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

25

proceder; en este caso, examinaremos sucesivamente los miembros de una muestra

suficientemente numerosa de personas obesas. Vale decir, probamos una consecuencia

particular de nuestra suposición general. Esta es una tercer máxima del método científico:

Obsérvense singulares en busca de elementos de prueba universales.

Hasta aquí todo parece sencillo; pero los problemas relacionados con la prueba real

distan de ser triviales, y algunos de ellos no han sido resueltos satisfactoriamente.

Debemos recurrir a las técnicas del planteo de problemas de este tipo, es decir, a las

técnicas de diseño de los procedimientos empíricos adecuados. Esta técnica nos

aconseja comenzar por decidir lo que hemos de entender por “obeso” y por “cardíaco”, lo

que no es en modo alguno tarea sencilla, ya que el umbral de obesidad es en gran

medida convencional. O sea, debemos empezar por determinar el exacto sentido de

nuestra pregunta. Y ésta es una cuarta regla del método científico, a saber: Formúlese

preguntas precisas.

Luego procederemos a elegir la técnica experimental (clase de balanza, tipo de examen

de corazón, etc.) y la manera de registrar datos y de ordenarlos. Además debemos decidir

el tamaño de la muestra que habremos de observar y la técnica de escoger sus

miembros, con el fin de asegurar de que será una fiel representante de la población total.

Sólo una vez realizadas estas operaciones preliminares podremos visitar al Sr. Pérez y a

los demás miembros de la muestra, con el fin de reunir datos. Y aquí se nos muestra una

quinta regla del método científico: La recolección y el análisis de datos deben hacerse

conforme a las reglas de la estadística.

Después que los datos han sido reunidos, clasificados y analizados, el equipo que tiene a

su cargo la investigación podrá realizar una inferencia estadística concluyendo que “el N

% de los obesos son cardíacos”. Más aún, habrá que estimar el error probable de esta

afirmación.

Obsérvese que la hipótesis que había motivado nuestra investigación era un enunciado

universal de la forma “para todo x, si x es F, entonces x es G”. Por otro lado, el resultado

de la investigación es un enunciado estadístico, a saber: “de la clase de las personas

obesas, una subclase que llega a su N/100ava parte está compuesta por cardíacos”. Esto

es, nuestra hipótesis de trabajo ha sido corregida. ¿Debemos contentarnos con esta

respuesta? Nos gustaría formular otras preguntas: deseamos entender la ley que hemos

hallado, nos gustaría deducirla de las leyes de la fisiología humana. Y aquí se aplica una

sexta regla del método científico, a saber: No existen respuestas definitivas, y ello

simplemente porque no existen preguntas finales.

7. Métodos teóricos

Toda ciencia fáctica especial elabora sus propias técnicas de verificación; entre ellas, las

técnicas de medición son típicas de la ciencia moderna. Pero en todos los casos estas

técnicas, por diferentes que sean, no constituyen fines en sí mismos; todas ellas sirven

para contrastar ciertas ideas con ciertos hechos por la vía de la experiencia. O, si se

prefiere, el objetivo de las técnicas de verificación es probar enunciados referentes a

hechos por vía del examen de proposiciones referentes a la experiencia (y en particular, al

experimento). Este es el motivo por el cual los experimentadores no tienen por qué

construir cada uno de sus aparatos e instrumentos, pero deben en cambio diseñarlos y/o

usarlos a fin de poner a prueba ciertas afirmaciones. Las técnicas especiales, por

importantes que sean, no son sino etapas de la aplicación del método experimental, que

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

26

no es otra cosa que el método científico en relación con la ciencia fáctica, y la ciencia, por

fáctica que sea, no es un montón de hechos sino un sistema de ideas.

En el párrafo anterior ejemplificamos el método experimental analizando el proceso de

verificación que requeriría el enunciado “los obesos son cardíacos”; encontramos que esta

hipótesis requería una precisión cuantitativa, y después de una investigación imaginaria

adoptamos, en su lugar, cierta generalización empírica del tipo de los enunciados

estadísticos. Ahora bien: las generalizaciones empíricas tan caras a Aristóteles y a Bacon,

y aún cuando se las formule en términos estadísticos, no son distintivas de la ciencia

moderna. El tipo de hipótesis característico de la ciencia moderna no es el de los

enunciados descriptivos aislados cuya función principal es resumir experiencias. Lo

peculiar de la ciencia moderna es que consiste en su mayor parte en teorías explicativas,

es decir, en sistemas de proposiciones que pueden clasificarse en: principios, leyes,

definiciones, etc., y que están vinculadas entre sí mediante conectivas lógicas (tales como

“y, o, si... entonces”, etc.).

Las teorías dan cuenta de los hechos no sólo describiéndolos de manera más o menos

exacta, sino también proveyendo modelos conceptuales de los hechos, en cuyos términos

puede explicarse y predecirse, al menos en principio, cada uno de los hechos de una

clase. Las posibilidades de una hipótesis científica no se advierten por entero antes de

incorporarlas en una teoría; y es sólo entonces cuando puede encontrársele varios

soportes. Al sumergirse en una teoría, el enunciado dado es apoyado —o aplastado— por

toda la masa del saber disponible; permaneciendo aislado es difícil de confirmar y de

refutar y, sobre todo, sigue sin ser entendido.

La conversión de las generalizaciones empíricas en leyes teóricas envuelve trascender la

esfera de los fenómenos y el lenguaje observacional: ya no se trata de hacer afirmaciones

acerca de hechos observables, sino de adivinar su “mecanismo” interno (el que, desde

luego no tiene por qué ser mecánico). Supóngase que un psicólogo desea estudiar las

correlaciones entre cierto estímulo observable S y cierta conducta observable R, que —a

modo de ensayo—considera como la respuesta al estímulo dado. Si, después de una

sucesión de experimentos, llegara a confirmar su hipótesis de trabajo y deseara

trascender las fronteras de la psicología fenomenista, intentaría elaborar digamos, un

modelo neurológico que explicara el nexo S-R en términos fisiológicos. No es tarea fácil:

el psicólogo tiene que inventar diversas hipótesis acerca de otros tantos canales

nerviosos posibles que conecten los hechos observables extremos, S y R. Análogamente,

los físicos atómicos imaginan diversos mecanismos ocultos que conectan los fenómenos

macroscópicos con su soporte microscópico.

Pero nuestro psicólogo no andará del todo a tientas: podrá probar si su conexión

concuerda con algunos de los esquemas pavlovianos de los reflejos, o con cualquier otro

mecanismo. Cada una de sus hipótesis —sea que consistan en suponer que interviene un

reflejo innato o condicionado— tendrá que especificar el aparato receptor, el nervio

aferente, la estación central, el nervio eferente, el órgano receptor, etc. Más aún, sus

varias hipótesis de trabajo tendrán que ser compatibles con el saber más firmemente

establecido (aunque no inamovible) y tendrán que ser puestas a prueba mediante

técnicas especiales (excitación o destrucción de nervios, registro de impulsos nerviosos,

etc.) Vale la pena emprender esta difícil tarea: la eventual confirmación de una de las

hipótesis puestas a prueba no sólo explicará el nexo S-R dado, sino que también lo

ubicará en su contexto: además, apoyará la hipótesis misma de que tal nexo no es

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

27

accidental. Pues, aunque suene a paradoja, un enunciado fáctico es tanto más fidedigno

cuanto mejor está apoyado por consideraciones teóricas.

Es importante advertir, en efecto, que la experiencia dista de ser el único juez de las

teorías fácticas, o siquiera el último. Las teorías se contrastan con los hechos y con otras

teorías. Por ejemplo, una de las pruebas de la generalización de una teoría dada es

averiguar si la nueva teoría se reduce a la vieja dentro de un cierto dominio, de modo tal

que cubra por lo menos el mismo grupo de hechos. Más aún, el grado de sustentación o

apoyo de las teorías no es idéntico a su grado de confirmación. Las teorías no se

constituyen ex nihilo, sino sobre ciertas bases: éstas las sostienen antes y después de la

prueba; la prueba misma, si tiene éxito, provee los apoyos restantes de la teoría y fija su

grado de confirmación. Aun así el grado de confirmación de una teoría no basta para

determinar la probabilidad de la misma.

8. En qué se apoya

una hipótesis científica

Una hipótesis de contenido fáctico no sólo es sostenida por la confirmación empírica de

cierto número de sus consecuencias particulares (por ej. predicciones). Las hipótesis

científicas están incorporadas en teorías o tienden a incorporarse en ellas; y las teorías

están relacionadas entre sí, constituyendo la totalidad de ellas la cultura intelectual. Por

esto, no debiera sorprender que las hipótesis científicas tengan soportes no sólo

científicos, sino también extra-científicos: los primeros son empíricos y racionales, los

últimos son psicológicos y culturales. Expliquémonos.

Cuanto más numerosos sean los hechos que confirman una hipótesis, cuanto mayor sea

la precisión con que ella reconstruye los hechos, y cuanto más vastos sean los nuevos

territorios que ayuda a explorar, tanto más firme será nuestra creencia en ella, esto es,

tanto mayor será la probabilidad que le asignemos. Esto es, esquemáticamente dicho, lo

que se entiende por el soporte empírico de las hipótesis fácticas. Pero la experiencia

disponible no puede ser considerada como inapelable: en primer lugar, porque nuevas

experiencias pueden mostrar la necesidad de un remiendo: en segundo término, porque la

experiencia científica no es pura, sino interpretada, y toda interpretación se hace en

términos de teorías, motivo por el cual la primera reacción de los científicos

experimentados ante informaciones sobre hechos que parecerían trastornar teorías

establecidas, es de escepticismo.

Cuanto más estrecho sea el acuerdo de la hipótesis en cuestión con el conocimiento

disponible de mismo orden, tanto más firme es nuestra creencia en ella; semejante

concordancia es particularmente valiosa cuando consiste en una compatibilidad con

enunciados de leyes. Esto es lo que hemos designado con el nombre de soporte racional

de las hipótesis fácticas. Este es, dicho sea de paso, el motivo por el cual la mayoría de

los científicos desconfían de los informes acerca de la llamada percepción

extransensorial, porque los llamados fenómenos psi contradicen el cuerpo de hipótesis

psicológicas y fisiológicas bien establecidas. En resumen, las teorías científicas deben

adecuarse, sin duda, a los hechos, pero ningún hecho aislado es aceptado en la

comunidad de los hechos controlados científicamente a menos que tenga cabida en

alguna parte del edificio teórico establecido. Desde luego, el soporte racional no es

garantía de verdad; si lo fuera, las teorías fácticas serían invulnerabes a la experiencia.

Los soportes empíricos y racionales de las hipótesis fácticas son interdependientes.

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

28

En cuanto a los soportes extracien-tíficos de las hipótesis científicas, uno de ellos es de

carácter psicológico: influye sobre nuestra elección de las suposiciones y sobre el valor

que le asignamos a su concordancia con los hechos. Por ejemplo, los sentimientos

estéticos que provocan la simplicidad y la unidad lógica estimulan unas veces y otras

obstaculizan la investigación sobre la validez de las teorías. Esto es lo que hemos

denominado el soporte psicológico de las hipótesis fácticas; a menudo es oscuro, y no

sólo está vinculado a características personales, sino también sociales.

Lo que hemos llamado soporte cultural de las hipótesis fácticas consiste en su

compatibilidad con alguna concepción del mundo, y en particular, con la Zeitgeist

prevaleciente. Es obvio que tendemos a asignar mayor peso a aquellas hipótesis que

congenian con nuestro fondo cultural y, en particular con nuestra visión del mundo, que

aquellas hipótesis que lo contradicen. La función dual del soporte cultural de las

conjeturas científicas se advierte con facilidad: por una parte, nos impulsa a poner

atención en ciertas clases de hipótesis y hasta interviene en la sugerencia de las mismas;

por otra parte, puede impedirnos apreciar otras posibilidades, por lo cual puede constituir

un factor de obstinación dogmática. La única manera de minimizar este peligro es cobrar

conciencia del hecho de que las hipótesis científicas no crecen en un vacío cultural.

Los soportes empíricos y racionales son objetivos, en el sentido de que en principio son

susceptibles de ser sopesados y controlados conforme a patrones precisos y formulables.

En cambio, los soportes extracientíficos son, en gran medida, materia de preferencia

individual, de grupo o de época; por consiguiente, no debieran ser decisivos en la etapa

de la comprobación, por prominentes que sean en la etapa heurística. Es importante que

los científicos sean personas cultas, aunque sólo sea para que adviertan la fuerte presión

que ejercen los factores psicológicos y culturales sobre la formulación, elección,

investigación y credibilidad de las hipótesis fácticas. La presión, para bien o para mal, es

real y nos obliga a tomar partido por una u otra concepción del mundo; Es mejor hacerlo

conscientemente que inadvertidamente.

La enumeración anterior de los tipos de soportes de las hipótesis científicas no tenía otro

propósito que mostrar que el método experimental no agota el proceso que conduce a la

aceptación de una suposición fáctica. Este hecho podría invocarse en favor de la tesis de

que la investigación científica es un arte.

9. La ciencia: técnica y arte

La investigación científica es legal, pero sus leyes —las reglas del método científico— no

son pocas, ni simples, ni infalibles, ni bien conocidas: son, por el contrario numerosas,

complejas, más o menos eficaces, y en parte desconocidas. El arte de formular preguntas

y de probar respuestas —esto es, el método científico— es cualquier cosa menos un

conjunto de recetas; y menos técnica todavía es la teoría del método científico. La

moraleja es inmediata: desconfíese de toda descripción de la vida de la ciencia —y en

primer lugar de la presente— pero no se descuide ninguna. La investigación es una

empresa multilateral que requiere el más intenso ejercicio de cada una de las facultades

psíquicas, y que exige un concurso de circunstancias sociales favorables; por este motivo,

todo testimonio personal, perteneciente a cualquier período, y por parcial que sea, puede

echar alguna luz sobre algún aspecto de la investigación.

A menudo se sostiene que la medicina y otras ciencia aplicadas son artes antes que

ciencias en el sentido de que no pueden ser deducidas a la simple aplicación de un

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

29

conjunto de reglas que pueden formularse todas explícitamente y que pueden elegirse sin

que medie el juicio personal. Sin embargo, en este sentido la física y la matemática

también son artes: ¿quién conoce recetas hechas y seguras para encontrar leyes de la

naturaleza o para adivinar teoremas? Si “arte” significa una feliz conjunción de

experiencia, destreza, imaginación, visión y habilidad para realizar inferencias del tipo no

analítico, entonces no sólo son artes la medicina, la pesquisa criminal, la estrategia militar,

la política y la publicidad, sino también toda otra disciplina. Por consiguiente, no se trata

de si un campo ado de la actividad humana es un arte, sino si, además, es científico.

La ciencia es ciertamente comunicable; si un cuerpo de conocimiento no es comunicable,

entonces por definición no es científico. Pero esto se refiere a los resultados de la

investigación antes que a las maneras en que éstos se obtienen; la comunica-bilidad no

implica que el método científico y las técnicas de las diversas ciencias especiales puedan

aprenderse en los libros: los procedimientos de la investigación se dominan investigando,

y los metacien-tíficos debieran por ello practicarlos antes de emprender su análisis. No se

sabe de obra maestra alguna de la ciencia que haya sido engendrada por la aplicación

consciente y escrupulosa de las reglas conocidas del método científico; la investigación

científica es practicada en gran parte como un arte no tanto porque carezca de reglas

cuanto porque algunas de ellas se dan por sabidas, y no tanto porque requiera una

intuición innata cuanto porque exige una gran variedad de disposiciones intelectuales.

Como toda otra experiencia la investigación puede ser comprendida por otros pero no es

íntegramente transferible; hay que pagar por ella el precio de un gran número de errores,

y por cierto que al contado. Por consiguiente, los escritos sobre el método científico

pueden iluminar el camino de la ciencia, pero no pueden exhibir toda su riqueza, y sobre

todo, no son un sustituto de la investigación misma, del mismo modo que ninguna

biblioteca sobre botánica puede reemplazar a la contemplación de la naturaleza, aunque

hace posible que la contemplación sea más provechosa.

10. La pauta de la investigación

científica

La variedad de habilidades y de información que exige el tratamiento científico de los

problemas ayuda a explicar la extremada división del trabajo prevaleciente en la ciencia

contemporánea, en la que encuentra lugar toda capacidad natural y toda habilidad

adquirida. Es posible apreciar esta variedad exponiendo la pauta general de la

investigación científica. Creo que esa pauta —o sea, el método científico— es, a grandes

líneas, la siguiente:

1. PLANTEO DEL PROBLEMA

1.1. Reconocimiento de los hechos: examen del grupo de hechos clasificación preliminar

y selección de los que probablemente sean relevantes en algún respecto.

1.2. Descubrimiento del problema: hallazgo de la laguna o de la incoherencia en el

cuerpo del saber.

1.3. Formulación del problema: planteo de una pregunta que tiene probabilidad de ser la

correcta; esto es, reducción del problema a su núcleo significativo, probablemente soluble

y probablemente fructífero, con ayuda de conocimiento disponible.

2. CONSTRUCCION

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

30

DE UN MODELO TEORICO

2.1. Selección de los factores pertinentes: invención de suposiciones plausibles relativas

a las variables que probablemente son pertinentes.

2.2. Invención de las hipótesis centrales y de las suposiciones auxiliares: propuesta de un

conjunto de suposiciones concernientes a los nexos entre las variables pertinentes; por ej.

formulación de enunciados de ley que se espera puedan amoldarse a los hechos

observados.

2.3. Traducción matemática: cuando sea posible, traducción de las hipótesis, o de parte

de ellas, a alguno de los lenguajes matemáticos.

3. DEDUCCION DE CONSECUENCIAS PARTICULARES

3.1. Búsqueda de soportes racionales: deducción de consecuencias particulares que

pueden haber sido verificadas en el mismo campo o en campos contiguos.

3.2. Búsqueda de soportes empíricos: elaboración de predicciones (o retrodicciones)

sobre la base de modelo teórico y de datos empíricos, teniendo en vista técnicas de

verificación disponibles o concebibles.

4. PRUEBA DE LAS HIPOTESIS

4.1. Diseño de la prueba: planea-miento de los medios para poner a prueba las

predicciones; diseño de observaciones, mediciones, experimentos y demás operaciones

instrumentales.

4.2. Ejecución de la prueba: realización de las operaciones y recolección de datos.

4.3. Elaboración de los datos: clasificación, análisis, evaluación, reducción, etc., de los

datos empíricos.

4.4. Inferencia de la conclusión: interpretación de los datos elaborados a la luz del

modelo teórico.

5. INTRODUCCION DE LAS

CONCLUSIONES EN LA TEORIA

5.1. Comparación de las conclusiones con las predicciones: contraste de los resultados

de la prueba con las consecuencias del modelo teórico, precisando en qué medida éste

puede considerarse confirmado o disconfirmado (inferencia probable).

5.2. Reajuste del modelo: eventual corrección o aun reemplazo del modelo.

5.3. Sugerencias acerca de trabajo ulterior: búsqueda de lagunas o errores en la teoría

y/o los procedimientos empíricos, si el modelo ha sido disconfirmado; si ha sido

confirmado, examen de posibles extensiones y de posibles consecuencias en otros

departamentos del saber.

11. Extensibilidad del método

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

31

científico

Para elaborar conocimiento fáctico no se conoce mejor camino que el de la ciencia. El

método de la ciencia no es, por cierto, seguro; pero es intrínsecamente progresivo, porque

es auto-correctivo: exige la continua comprobación de los puntos de partida, y requiere

que todo resultado sea considerado como fuente de nuevas preguntas. Llamemos

filosofía científica a la clase de concepciones filosóficas que aceptan el método de la

ciencia como la manera que nos permite: a) plantear cuestiones fácticas “razonables”

(esto es, preguntas que son significativas, no triviales, y que probablemente pueden se

respondidas dentro de una teoría existente o concebible); y b) probar respuestas

probables en todos los campos especiales del conocimiento.

No debe confundirse la filosofía científica con el cientificismo en cualquiera de sus dos

versiones: el enciclo-pedismo científico y el reduccionismo naturalista. El enciclopedismo

científico pretende que la única tarea de los filósofos es recoger los resultados más

generales de la ciencia, elaborando una imagen unificada de los mismos, y

preferiblemente formulándolos todos en un único lenguaje (por ej., el de la física). En

cambio, la filosofía, científica o no, analiza lo que se le presente y, a partir de este

material,construye teorías de segundo nivel, es decir teorías de teorías; la filosofía será

científica en la medida en que elabore de manera racional los materiales previamente

elaborados por la ciencia. Así es como puede entenderse la extensión del método

científico al trabajo filosófico.

En cuanto al cientificismo concebido como reduccionismo naturalista —y que a veces se

superpone con el enciclopedismo científico como ocurre con el fisicalismo—, puede

describírselo como una tentativa de resolver toda suerte de problemas con ayuda de las

técnicas creadas por las ciencias naturales, desdeñando las cualidades específicas,

irreductibles, de cada nivel de la realidad. El cientificismo radical de esta especie

sostendría, por ejemplo, que la sociedad no es más que un sistema físico-químico (o, a lo

sumo, biológico), de donde los fenómenos sociales debieran estudiarse exclusivamente

mediante la ayuda de metros, relojes, balanzas y otros instrumentos de la misma clase.

En cambio, la filosofía científica favorece la elaboración de técnicas específicas en cada

campo, con la única condición de que estas técnicas cumplan las exigencias esenciales

del método científico en lo que respecta a las preguntas y a las pruebas. De esta manera

es como puede entenderse la extensión del método científico a todos los campos

especiales del conocimiento.

Pero también debería emplearse el método de la ciencia en las ciencias aplicadas y, en

general, en toda empresa humana en que la razón haya de casarse con la experiencia;

vale decir, en todos los campos excepto en arte, religión y amor. Una adquisición reciente

del método científico es la investigación operativa (operations research ), esto es, el

conjunto de procedimientos mediante los cuales los dirigentes de empresas pueden

obtener un fundamento cuantitativo para tomar decisiones, y los administradores pueden

adquirir ideas para mejorar la eficiencia de la organización.10 Pero, desde luego la

extensión del método científico a las cosas humanas está aún en su infancia. Pídasele a

un político que pruebe sus afirmaciones, no recurriendo a citas y discursos, sino

confrontándolos con hechos certificables (tal como se recogen y elaboran, por ejemplo,

10 Véase P. M. Morse y G. E. Kimball, Methods of Operations Research, ed. rev. (Cambridge,

Mass., The Technology Press of Massachussets Institute of Technology; N. York, John Wiley &

Sons, 1951).

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

32

con ayuda de las técnicas estadísticas). Si es honesto, cosa que puede suceder, o bien:

a) admitirá que no entiende la pregunta, o b) concederá que todas sus creencias son, en

el mejor de los casos, enunciados probables, ya que sólo pueden ser probados

imperfectamente, o c) llegará a la conclusión de que muchas de sus hipótesis favoritas

(principios, máximas, consignas) tienen necesidad urgente de reparación. En este último

caso puede terminar por admitir que una de las virtudes del método de la ciencia es que

facilita la regulación o readaptación de las ideas generales que guían (o justifican) nuestra

conducta consciente, de manera tal que ésa pueda corregirse con el fin de mejorar los

resultados.

Desgraciadamente, la cientifización de la política la haría más eficaz, pero no

necesariamente mejor, porque el método puede dar la forma y no el contenido; y el

contenido de la política está determinado por intereses que no son primordialmente

culturales o éticos, sino materiales. Por esto, una política científica puede dirigirse a favor

o en contra de cualquier grupo social: los objetivos de la estrategia política, así como los

de la investigación científica aplicada, no son fijados por patrones científicos, sino por

intereses sociales. Esto muestra a la vez el alcance y los límites del método científico: por

una parte, puede producir saber eficiencia y poder; por la otra, este saber esta eficiencia y

este poder pueden usarse para bien o para mal, para libertar o para esclavizar.

12. El método científico:

¿un dogma más?

¿Es dogmático favorecer la extensión del método científico a todos los campos del

pensamiento y de la acción consciente? Planteamos la cuestión en términos de conducta.

El dogmático vuelve sempiternamente a sus escrituras, sagradas o profanas, en

búsqueda de la verdad; la realidad le quemaría los papeles en los que imagina que está

enterrada la verdad: por esto elude el contacto con los hechos. En cambio, para el

partidario de la filosofía científica todo es problemático: todo conocimiento fáctico es

falible (pero perfectible), y aun las estructuras formales pueden reagruparse de maneas

más económicas y racionales; más aún, el propio método de la ciencia será considerado

por él como perfectible, como lo muestra la reciente incorporación de conceptos y

técnicas estadísticas. Por consiguiente, el partidario del método científico no se apegará

obstinadamente al saber, ni siquiera a los medios consagrados para adquirir

conocimiento, sino que adoptará una actitud investigadora; se esforzará por aumentar y

renovar sus contactos con los hechos y el almacén de las ideas mediante las cuales los

hechos pueden entenderse, controlarse y a veces reproducirse.

No se conoce otro remedio eficaz contra la fosilización del dogma —religioso, político,

filosófico o científico— que el método científico, porque es el único procedimiento que no

pretende dar resultados definitivos. El creyente busca la paz en la aquiescencia; el

investigador, en cambio, no encuentra paz fuera de la investigación y la disensión: está en

continuo conflicto consigo mismo, puesto que la exigencia de buscar conocimiento

verificable implica un continuo inventar, probar y criticar hipótesis. Afirmar y asentir es

más fácil que probar y disentir; por esto hay más creyentes que sabios, y por esto, aunque

el método científico es opuesto al dogma, ningún científico y ningún filósofo científico

debieran tener la plena seguridad de que han evitado todo dogma.

De acuerdo con la filosofía científica, el peso de los enunciados —y por consiguiente su

credibilidad y su eventual eficacia práctica— depende de su grado de sustentación y de

confirmación. Si, como estimaba Demócrito, una sola demostración vale más que el reino

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

33

de los persas, puede calcularse el valor del método científico en los tiempos modernos.

Quienes lo ignoran íntegramente no pueden llamarse modernos; y quienes lo desdeñan

se exponen a no ser veraces ni eficaces.